Entrevistas

Eugenio Cuttica: “Yo no copio lo que veo. Hago visible algo”

Me acerqué a esta conversación desde preguntas que también me acompañan como artista: qué lugar ocupan la intuición y el oficio, qué nos lleva a cambiar una manera de crear y cómo se sostiene una búsqueda propia.

El silencio y un lenguaje propio

Lucía: ¿Me contás cómo fue el paso de El grito a El silencio en tu pintura? ¿Hubo algún acontecimiento o alguna experiencia personal que te llevara a ese cambio?

Eugenio Cuttica: Llegué a un estadio que se llama El Límite de la Enunciación. Cuando uno grita, primero sobresalta a los espectadores. Después grita y grita, cada vez un poco menos fuerte hasta que nadie escucha. Pintaba de forma expresionista en la creencia de que más es más. Hasta que llegué a un momento en que no podía poner más materia, más color. A los 42 años, dije: “¿Y ahora qué hago?”. Y tuve que desandar todo eso con maestros en vida en Canadá y Estados Unidos. Me enseñaron las filosofías orientales, donde menos es más. Y empecé a pintar El Silencio. Dio la casualidad de que, pintando El Silencio, la obra se volvió internacional; fue mucho más elocuente que El Grito. ¿Por qué pasa eso? Porque nosotros somos El Silencio. El ser humano nace vinculado al pensamiento creativo, a la intuición, al hemisferio derecho y, para desarrollar eso, necesita el silencio. Desde entonces, van a ser 30 años que estoy en esa dimensión (del Silencio).

Eugenio Cuttica, 2026, cortesía del artista

Lucía: Leí que sos budista. ¿Te puedo preguntar si practicás?

Eugenio Cuttica: Estudié budismo en la Universidad de New York. Lo que pasa es que el budismo se vive, apenas se habla, y si consideramos que vivir dentro de las premisas budistas es practicarlo, sí, soy practicante. Yo practico todas las sugerencias; no son dogmas. Vivo en esa dimensión, en estado de meditación, porque pintar y escribir es meditación.

Lucía: El silencio es necesario. En ese estado se renuevan la creatividad y la intuición, y se multiplican las posibilidades de pintar y escribir.

Eugenio Cuttica: Claro, entonces, si yo pinto y escribo durante 16 horas por día, o más, estoy meditando 16 horas por día. El hecho de meditar todos los días produce un cambio químico en el cerebro. Cuando tenía 20 años, estaba 10 minutos por día en esa dimensión; ahora vivo las 24 horas.

Lucía: Cuando dedicás tantas horas a escribir y pintar, ¿cómo se suman el oficio y el conocimiento a esa experiencia creativa?

Eugenio Cuttica: Son los dos hemisferios. Está la parte intelectual, que también hay que desarrollar. Pero cuando uno atraviesa ciertos estamentos para llegar a lugares más elevados, es cuando usa los dos simultáneamente.

Lucía: Es un ejercicio que hay que hacer.

Eugenio Cuttica: Eso es lo que recomiendan hacer los maestros espirituales: utilizar los dos. En la sociedad occidental en que vivimos se usa uno solo, que es el izquierdo. Y bueno, ahí tenemos las consecuencias. Vivimos en una sociedad disfuncional. Sobre todo acá, en Buenos Aires, yo tengo la sensación de estar en un psiquiátrico. En realidad, la gente mentalmente sana realiza su autoexilio. Mi autoexilio lo hice en Estados Unidos, que es muy parecido a la Argentina de hace 50 años.

Eugenio Cuttica, 2026, cortesía del artista

Lucía: Tu personaje Luna. ¿Me contás cómo nació?

Eugenio Cuttica: Estaba en mi casa en East Hampton, en Long Island, New York. Y vino una amiga con la hija. Yo tenía ganas de pintar niños. Y le dije que se subiera a una silla y que mirara al horizonte. Le saqué la foto y ahí tuve una intuición. Había algo fuertísimo en esa imagen. Se volvió un ícono reconocido por todo el mundo. Mucho después, con ayuda de la gente, los espectadores me fueron diciendo cuáles eran el análisis y el significado de esa imagen, y tiene su razón de ser, pero cuando surgió fue totalmente intuición.

 

Lucía:: Y que sea una imagen tan reconocida, ¿a vos te sigue dando libertad? ¿O te plantea una exigencia de continuación?

Eugenio Cuttica: Los músicos escriben 200 canciones y tienen dos o tres hits. El hit mío es la niña sobre la silla, sobre el campo de trigo. Y ahora lo estoy limitando porque trato de hacerlo siempre distinto, la niña en distintas posiciones, y de que no haya muchos cuadros similares dentro de cada país. O sea, trato de manejar la escasez. Pero ahora ya estoy haciendo grandes esfuerzos para establecer otros hits.

Lo que hice fue pasar de ser un pintor de la mano a un artista de sistema. ¿Cuál es el sistema? Hice mi propio lenguaje, con signos. Voy contando historias a través de ellos. Obtengo la inspiración caminando acá por mi taller; las mismas obras las voy combinando para hacer otras nuevas. Así que es como que he logrado hacer un sistema creativo que se retroalimenta a sí mismo.

Crear, sostener y defender la obra

Lucía: Vos hablás siempre de que el artista son tres.

Eugenio Cuttica: Son necesarias tres personalidades; hay que desarrollarlas por igual. Está el sacerdote, que se conecta con el Olimpo; el mercader, al que hay que entrenar para vender la obra y saber venderse uno, y el guerrero. Todos los artistas son sacerdotes, pero los que son 100 % sacerdotes tarde o temprano dejan de hacer arte, porque se necesita el mercader para la continuidad, para que proteja al sacerdote económicamente. Y cuando se hace dinero con el arte, gracias al mercader y al sacerdote, se necesita un guerrero para proteger a los dos; sin él, los dos también dejan de hacer arte.

Lucía:: ¿Y es eso posible? No es tan fácil desarrollar a los tres.

Eugenio Cuttica: Es muy difícil. Dedicarse al arte, ser realmente un profesional de arte y ser un artista internacional es lo más difícil que hay. Es también una forma de comercialización, como fenómeno del capitalismo, y la forma más sofisticada de intercambio económico y comercial. Porque se está hablando de un intangible, donde el cuadro se transforma en un refugio de valor.

Lucía: Has cuestionado el sistema del arte y el papel de sus intermediarios. ¿En qué momento una institución deja de acompañar al artista y empieza a condicionar su trabajo?

Eugenio Cuttica: Cuando hay una obra que conmueve, eso es arte. Una obra que te deja indiferente es una operación de marketing. El arte es un negocio tremendo. Es decir, que sea moneda alternativa, de alto valor, no implica que no sea algo espiritual. Van por distintos canales.

Los directores de museos manejan sus museos (no digo que todos, la mayoría) como si fueran su propia galería.

Supongamos que tenemos un arte marquetinero: una escultura con maderitas naranjas y otra con maderitas verdes. Entonces, en una feria de arte te presentan a dos artistas, uno que hace las naranjas y otro que hace las verdes. Y te dicen: “Estos dos jóvenes van a ser los artistas más famosos en 20 años, y entonces tendrías que comprar”.

Podés elegir. Valen 40.000 dólares, y el comprador desprevenido paga. Cobran, se los ponen en el bolsillo y no promueven nada, porque el que hace eso no es un artista: eligen a un estudiante de bellas artes y le dicen: “Hacé esto”. El negocio es todo el aparato que rodea a las maderitas verdes, que hace que, por un tiempo muy corto, eso tenga cierta vigencia.

Por otro lado, está el artista verdadero, que hace algo que nos conmueve, nos reconecta con nuestro propio ser y nos muestra lo importante.

Entonces, están las maderitas y te hacen creer que elegís entre las verdes y las naranjas. Al lado está la obra del pintor verdadero. Por 40.000 dólares, ¿qué vas a comprar? El pintor verdadero, ¿no es cierto? Por intuición, porque te conmueve.

O sea que el pintor verdadero le arruina el negocio a las maderitas. ¿Y qué es lo que se hace? Sacan al verdadero para que no les arruine el negocio.

Los artistas verdaderos siguen pintando en sus garajes, pero no los vemos. Están discriminados de todos lados. Para sortear esa barrera, que separa a la gente de sus artistas, hay que hacer la obra y, a la vez, todo lo que los galeristas y los directores de museos no hacen. Es un trabajo titánico.

Eugenio Cuttica, 2026, cortesía del artista

La palabra y el no tiempo

Lucía: Dijiste que la pintura era una forma de pensamiento que podía liberarse de los límites del lenguaje hablado. Pero al mismo tiempo escribís poesía. ¿Cómo conviven esas dos formas de expresión?

Eugenio Cuttica: La poesía que yo hago rompe con la gramática: el significado de lo que digo está en el espacio entre las palabras, no en las palabras. Recurro a un automatismo psíquico, como los dadaístas. No es poesía lineal, no es descriptiva. Parece disociada, pero no lo es; tiene un significado. La pintura y lo que escribo son la misma energía, con dos lenguajes distintos. Una energía por la que me dejo atravesar. Es una conexión. Para los griegos, un artista es una antena. Es un estado mental.

Yo trabajo con filosofía y con el no tiempo, que en definitiva es lo mismo, ¿no? En realidad, el tiempo no existe. La distancia tampoco existe.

Lucía: Siempre hay algo por descubrir con la transparencia: lo no dicho. Se le tiene bastante miedo a la transparencia.

Eugenio Cuttica: Lo que funciona con la obra es aplicar todos estos conceptos que tienen que ver con la estructura cuántica, o sea, con la verdad ulterior. Y eso hace que la gente se conmueva. Es que todo este tema filosófico y la pintura que ves surgen de adentro hacia afuera. Yo no copio lo que veo. Hago visible algo. Tiene que ver con la verdad. Y la transparencia es la verdad. Se le tiene miedo a la verdad; nadie la quiere ver. El artista tiene que descubrir los mitos. Son rituales que seguimos como una obra de teatro. La misión del artista es mostrar la verdad detrás de los mitos y hacer recordar lo importante: los recuerdos ancestrales, que todo el mundo cree que no tiene hasta que ve una obra de arte que le hace recordar.

Lucía: Para cerrar, ¿hay algo más que te gustaría contar de vos o algún mensaje que quieras dejarles a los lectores?

Eugenio Cuttica: Como mensaje final: he sido artista contra todo, porque está todo diseñado para que uno no pueda entrar en lo que llamo la frecuencia infinita del no tiempo, que es una condición del ser humano. Se puede llamar espiritualidad o dioses del Olimpo, pero eso existe.

Y a los que lean esta nota les recomiendo que, si tienen ese tipo de llamado, lo sigan, porque algo se encuentra: se encuentra una disminución del dolor y el sufrimiento, y poder llegar a ser la persona que uno siempre quiso ser.

Lucía Calabrino

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