La apertura de Ciencia y fantasía. Egiptología y egiptofilia en la Argentina convocó anoche a una multitud que desbordó el Pabellón de Exposiciones Temporarias del Bellas Artes. Bajo una luz tenue que simulaba un amanecer sobre el Nilo, el recorrido inaugural dejó en claro que la fascinación argentina por el Antiguo Egipto no es una moda pasajera: es un archivo vivo, una tradición que vuelve a activarse con cada nueva mirada.
Apenas se ingresa, la muestra se impone por su rareza: más de 180 piezas, muchas de ellas nunca antes exhibidas juntas en el país. Sarcófagos auténticos, papiros, ushebtis esmaltados, amuletos, máscaras funerarias, calcos de esfinges y vasos canopes se mezclan con documentos, fotografías y libros pertenecientes a algunas de las colecciones más importantes del país.
La selección, reunida por Sergio Baur y José Emilio Burucúa, no organiza simplemente una exhibición arqueológica; propone una narrativa cultural donde la ciencia, la imaginación y la fantasía conviven, tal como ocurrió históricamente en la recepción argentina del legado faraónico.
Uno de los nudos conceptuales más potentes es el archivo de Alfredo González Garaño y Marieta Ayerza, viajeros argentinos que remontaron el Nilo en 1926 y cuyo registro —fotográfico, documental y casi cinematográfico— funciona como un prólogo nacional a la egiptomanía global detonada por el descubrimiento de la tumba de Tutankamón.
A partir de ese viaje, la muestra traza un mapa de obsesiones que atraviesa a Dardo Rocha, Lucio V. Mansilla, Oliverio Girondo, Xul Solar, Mujica Láinez y Borges. Todos ellos, desde lugares distintos, encontraron en el Antiguo Egipto un espejo mitológico, un sistema simbólico para pensar lo propio.
El recorrido incorpora, además, obras de Eduardo Costa y Karina El Azem, que reformulan iconografías egipcias desde lenguajes actuales. La suma de materiales —arqueológicos, artísticos, literarios, audiovisuales— construye una experiencia donde el pasado remoto convive con la sensibilidad del presente sin perder tensión.
El director del museo, Andrés Duprat, señaló que esta es la primera vez que en Argentina se reúne un conjunto tan significativo de piezas egipcias provenientes de más de veinte instituciones. Y el público lo avaló: la sala permaneció colmada durante la velada, confirmando un interés renovado por los grandes relatos de la antigüedad y por la posibilidad de examinarlos desde la perspectiva local.
El ambiente se movía entre la curiosidad académica, el fervor fan y la sorpresa estética. La reproducción aumentada de una esfinge convivía con delicados amuletos votivos; una vasija de la Tercera Dinastía dialogaba con fotografías del viaje de 1926; un documental contemporáneo sobre la misión arqueológica argentina en Aksha recordaba que el país tiene también su propia historia dentro del campo científico internacional.
Ciencia y fantasía no intenta explicar el Antiguo Egipto desde la distancia disciplinar. En cambio, lo presenta como un territorio imaginado, reinterpretado y reescrito por argentinos durante más de dos siglos. El montaje favorece esa lectura: cada núcleo funciona como una estación narrativa donde lo arqueológico y lo simbólico se cruzan.
Es una exhibición que pide tiempo, pausas, observación. No solo por la riqueza del material, sino porque invita a leer la relación entre culturas como un proceso creativo que nunca se clausura.
La muestra podrá visitarse hasta el 1 de marzo de 2026, de martes a viernes de 11 a 19.30 y los fines de semana desde las 10.
Las imágenes en alta resolución están disponibles en la cuenta oficial del museo y se esperan actividades paralelas, visitas guiadas y conferencias a lo largo de los próximos meses.
Anoche quedó claro que no se trata solo de una exhibición temática: es un capítulo más en la historia argentina de mirar hacia Egipto para pensar(se). Un diálogo entre dos orillas que, desde el Bellas Artes, vuelve a abrirse al público con una potencia sorprendente.
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