Exposiciones

Valentina Quintero y la posibilidad de nombrar el mundo por primera vez (Mendoza – Argentina)

 

Las estructuras epistemológicas que dan forma a nuestra concepción del mundo nos hacen pensar que, para pasar de un estado a otro, es necesario realizar una transición: un proceso mediante el cual, de manera casi ritual, podemos cambiar una situación determinada y transformarla en algo nuevo, generalmente opuesto a su estado inicial. Sin embargo, estas mismas estructuras parecen entender la transición como un camino unidireccional: se parte de un punto A para llegar a un punto B. Pero ¿podemos regresar al origen? ¿Podemos vacilar durante el trayecto? ¿Qué sucede en los intermedios y los intersticios de ese tránsito?

Situándonos en el contexto de una Latinoamérica disidente, la activista Marlene Wayar afirma que el prefijo trans refiere siempre a un tránsito, “un devenir donde una puede decidir en qué punto quedarse”. Partiendo de esta idea, podemos pensar que si la elección es individual, las posibilidades de transitar son infinitas: allí donde decidimos detenernos podemos nombrar el mundo por primera vez.

Valentina Quintero: “Mis pecados son mi salvación” (2026). Pastel tiza y pastel al óleo sobre papel. Fotografía: Mateo Zlotnik.

 

En su obra visual, plástica y performativa, la artista argentina Valentina Quintero (Mendoza, 1997) determina los puntos en los que formas, colores y materiales pueden constituirse a partir de su propio deseo, mientras construye sus entendimientos sobre lo que las cosas son, y sobre aquello que pueden llegar a ser a través del dibujo, la pintura y la performance. De esta manera, utilizando el prefijo trans como una lógica de construcción de imágenes, Valentina puede torsionar la silueta de un cuerpo hasta transformarla en una mancha, o a la inversa, delinear un cuerpo a partir del color neto, explorando todas las posibilidades que existen entre ambos extremos.

Bajo esta misma posibilidad de determinar los valores de un mundo nuevo a partir de formas, los cuerpos vibrantes y abstracciones de Valentina surgen de fondos negros y profundos, como si la imagen naciera del vacío oscuro y no del lienzo en blanco que la historia de la pintura nos ha enseñado a imaginar; como si el “dar a luz” a los colores fuera un acontecimiento que solo pudiera ocurrir en las entrañas de las tinieblas. Así, sus imágenes toman cuerpo a partir de una operación transitoria entre el dibujo, la pintura y el boceto; entre la línea, el trazo y el relleno. Son siluetas y corporalidades que existen sobre la oscuridad de su superficie, siempre sumidas en una noche profunda.

Pues Valentina sabe de eso: de la noche y de los cuerpos, del tránsito entre ellos y de las coreografías que se generan en medio de la vorágine de una ciudad como Buenos Aires. Son estas imágenes las que toman forma en sus pinturas, haciendo visible aquello que muchas veces permanece imperceptible en la vida cotidiana. Esta observación ya había dado forma a su anterior muestra individual en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Un día en la vida (2025), con curaduría de Raúl Flores, y ahora se agudiza en su nueva exposición institucional, Vértigo Pose, en el Anexo del Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza (2026), con curaduría de Larisa Zmud.

Valentina Quintero: “Amantes” (2026). Pastel tiza y pastel al óleo sobre papel. 235 x 150 cm. Fotografía: Mateo Zlotnik.

 

Como su título anticipa, en las obras de Vértigo Pose se hace presente la sensación repentina de que todo gira. La superficie significante tiene poco de cuadro y mucho de espacio: un plano sobre el cual el pigmento transita, se transforma y abandona la rigidez cilíndrica y sólida de una barra para expandirse sobre el fondo negro. Y es que para Valentina, el óleo pastel (su materia pictórica) puede entenderse como un material trans: en su capacidad de desplazarse entre estados, de transformarse mediante una serie de gestos y ritualizaciones, le permite dejar de ser un sólido manejable para convertirse en color . Una pintura que intenta dar forma a un mundo sumido en crisis representativa, que no se halla a sí mismo en su propio cuerpo y que, agotadas las estrategias para plasmarse, recurre a experiencias pasadas para encontrar en ellas nuevos orificios que explorar.

Valentina Quintero: “Sol, tierra y agua” (2026). Pastel tiza y pastel al óleo sobre papel. 1,50 x 2,90 cm. Fotografía: Mateo Zlotnik.

 

Es en este acto donde Valentina Quintero dibuja los gestos de cuerpos de difícil determinación pero de presencia innegable. Son cuerpos que se mueven entre formas y cosas reconocibles, entre la tensión y la alteración de proporciones que, desde hace más de cinco siglos, el manierismo europeo puso en práctica en sus manifestaciones plásticas y que posteriormente, las vanguardias artísticas retomaron para descomponer y reconfigurar las nociones de lo que un cuerpo pictórico podía ser.

De allí que, como si fuera su propio Juicio Final, Valentina explora el fin de los tiempos presentes a partir de la voluptuosidad, la sinuosidad, la transmutación y las posibilidades de que un cuerpo sea forma y de que una forma sea cuerpo. Gestos tan antiguos como vigentes, que fácilmente podrían pasar inadvertidos, pero que la artista reconoce y hace propios a través de su repetición cargada de movimiento, memoria y experiencia corporal.

Así, la artista cita gestos de sus propios movimientos como performer, pero también gestos de la Historia del Arte: posiciones, posturas, perfiles. Pensamos entonces que toda vanguardia crea su propia retaguardia: aquello que deja atrás, aquello que sobra, aquello que queda fuera de la imagen oficial del presente. Valentina parte de allí. Recupera siluetas excedentes, memorias resacosas de sus experiencias, canciones underground y poemas carnales. Trabaja con aquello que permanece después del tránsito, con los restos que no han encontrado todavía una forma definitiva.

Valentina Quintero: “Vértigo Pose” (2026). Tríptico. Pastel tiza y pastel al óleo sobre papel. Fotografía: Mateo Zlotnik.

 

Es allí donde Vértigo Pose encuentra su potencia: ensayando las condiciones para volver a nombrar a un mundo en movimiento y ya constituido. Entre la línea y la mancha, entre el cuerpo y la cosa, entre la memoria y la invención, las pinturas de Valentina Quintero permanecen en tránsito. Y es precisamente en ese estado de indeterminación —en ese lugar donde todavía no sabemos del todo qué estamos viendo— donde la artista encuentra la posibilidad de nombrar el mundo por primera vez.

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Sobre la artista: Valentina Quintero, también conocida como Valentine, es una artista visual, cantante y performer nacida en 1997 en Mendoza y actualmente radicada en Buenos Aires. Dibujante desde la infancia, comenzó a desarrollar su práctica artística en 2015 junto al efímero colectivo Ricarda Espinosa, para luego emprender un camino propio a través de performances e instalaciones/happenings como RED CARPET en el MMAMM (Mendoza, 2016) y TEMPLO en Imagen Galería (Mendoza, 2017). Su obra visual se nutre de su experiencia constante en el ámbito escénico, especialmente en el teatro y la música, atravesando y desdibujando los límites entre disciplinas artísticas. La feminidad, el no binarismo, la reescritura de la historia del arte desde una perspectiva trans, la cultura popular y las nociones de identidad construidas desde la fantasía son algunos de los ejes que articulan una producción desarrollada en diversos medios, entre ellos la fotoperformance, la instalación, la performance en vivo y el dibujo.

Manuel Vásquez Ortega

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