Dos David Bowie: el que conocemos de memoria, entre transformaciones legendarias, alter egos irresistibles y canciones que atraviesan generaciones; y otro más íntimo y reservado, que durante casi treinta años permaneció fuera de la mirada del público. El Bowie pintor, que en 1996 confió al lienzo una parte de sí mismo. Ahora, su «Self-Portrait» reaparece en Londres, en Sotheby’s, listo para salir a subasta el 15 de octubre, con una estimación de entre 35.000 y 55.000 libras esterlinas.
Estamos frente a frente, espectador y Bowie, como en un concierto. Pero esta vez, de cerca, para indagar en la persona más allá del personaje, como suele decirse. Bowie nos mira de frente, sin filtros, con esos ojos asimétricos que contribuyeron a hacer su rostro inconfundible. Sin embargo, el detalle que convierte la pintura en algo aún más personal está abajo: las huellas de sus dos manos, presionadas directamente sobre la composición. No una simple firma, sino casi un contacto físico con quien observa. Colores audaces, ejecución expresiva e intensidad psicológica palpable.
No estamos ante un capricho de estrella de rock, sino frente a una obra que da cuenta de una práctica artística cultivada con dedicación. Realizado durante una etapa particularmente prolífica de su pintura, «Self-Portrait» pertenece a un grupo reducido de apenas ocho grandes cabezas pintadas por Bowie. Y esta versión, destaca Sotheby’s, es una de las más vibrantes y logradas. Para comprender de dónde surge tanta energía, hay que rebobinar hasta los años berlineses, entre 1976 y 1979. Son los años de «Low», «Heroes» y «Lodger», cuando Bowie explora nuevos territorios sonoros y asimila influencias destinadas a transformar su lenguaje. El mismo interés por el expresionismo alemán reaparece en el lienzo, entre colores intensos y tensión emocional. Y si la monumentalidad del retrato evoca a Frank Auerbach y Leon Kossoff, artistas que Bowie admiraba y cuyas obras coleccionaba, su fuerza reside, sobre todo, en la capacidad de reunir mundos diferentes: música, pintura, coleccionismo y reinvención constante.
La historia de la obra añade otra pieza al misterio: Bowie se la regaló a su galerista de St Ives, quien la vendió poco después. Desde entonces, permaneció en la misma colección privada, fuera de la vista del público durante casi tres décadas. El regreso de Bowie a las subastas de Sotheby’s también tiene algo de círculo que se cierra. En 2016, la célebre subasta «Bowie/Collector» celebró el eclecticismo de su colección y alcanzó un total de 32,9 millones de libras esterlinas. Esta vez, sin embargo, el protagonista no es Bowie el coleccionista, sino Bowie el creador.
Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com
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