Marta Minujín levantó una Torre de Pisa de spaghetti en el Recoleta: humor, participación y un mito comestible

La Noche de los Museos 2025 comenzó con una postal tan insólita como festiva: una réplica de la Torre de Pisa recubierta con miles de paquetes de fideos coronó la terraza del Centro Cultural Recoleta. La obra, concebida por Marta Minujín, transformó un ícono mundial en una instalación efímera y participativa: un “monumento comestible” de veinte metros montado sobre una estructura de hierro, envuelto en 20 000 paquetes de spaghetti que los visitantes podían recorrer por dentro y llevarse a casa como recuerdo.

Minujín retomó aquí la lógica de sus célebres piezas efímeras —del Obelisco de pan dulce al Lobo Marino de alfajores— para unir arte, participación y consumo popular. “Nadie se va a olvidar de que hubo una Torre de Pisa de espaguetis. El hecho es comerse el mito”, explicó la artista al presentar la obra. Cada paquete estaba intervenido con un sticker diseñado por ella, con su firma y el logo de la Noche de los Museos, convirtiendo un objeto cotidiano en souvenir artístico. Al finalizar la noche, los asistentes pudieron llevarse uno de estos paquetes, transformando el desmontaje en un ac

Marta Minujín junto a Gabriela Ricardes, Ministra de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires

El interior de la torre ofrecía una experiencia inmersiva: se accedía por rampas y se proyectaba un video de tres minutos que narraba el viaje de la Torre de Pisa desde Italia hasta Buenos Aires, con una banda sonora que alternaba Vivaldi, cantos gregorianos, ópera y música popular argentina como Atahualpa Yupanqui y Piazzolla. “Es como si hubiera volado por el espacio sideral y aterrizado en Argentina”, señalaba Minujín, invitando a recorrer los veinte metros de la obra y a “llevarse su paquete, tranquilos y felices”.

En la inauguración, la artista apareció sobre una grúa gritando “¡Arte! ¡Arte! ¡Arte!”, dando la señal para que diez dobles comenzaran a repartir los paquetes entre la multitud que colmó el patio del Recoleta. La instalación, inclinada como su modelo italiano, se convirtió en una pasarela de selfies y videos, reforzando la noción de “cultura instantánea” que la artista reivindica. Minujín recordó sus anteriores monumentos comestibles y adelantó nuevos sueños —como una pelota de fútbol de dulce de leche de quince metros—, insistiendo en que el arte debe ser accesible, lúdico y vivencial.

Con su Torre de Pisa de spaghetti, Minujín inauguró una Noche de los Museos que batió récords de asistencia y reafirmó el poder del arte para convocar. La obra fue, a la vez, homenaje a la comunidad italiana, performance colectiva y reflexión sobre la memoria: un mito contemporáneo que invita a “comerse” la historia y a inventar nuevas formas de habitar la cultura.

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