J. Oscar Molina at his gallery, 2022_ photo©, 2022 Studio Marsin Mogielski
Hacia la Bienal de Venecia es un ciclo de entrevistas con artistas y curadores latinoamericanos que presentarán sus proyectos en la 61a edición de la Bienal de Venecia. A través de estas conversaciones, analizamos el origen y el desarrollo de las propuestas, así como los desafíos conceptuales y técnicos que atraviesan en el proceso de producción y presentación. El ciclo también investiga las dinámicas de selección y financiación que hacen posible la participación nacional en la Bienal, con el objetivo de estudiar las especificidades de cada pabellón y las políticas de apoyo, estatales y/o privadas, que sostienen estas representaciones. De este modo, se propone una cartografía crítica de los distintos modelos institucionales latinoamericanos y de las condiciones estructurales que configuran su presencia en el contexto internacional.
Entrando de lleno en la conversación, ¿podrían contarnos en qué consiste el proyecto que presentan este año en la Bienal de Venecia? ¿Cuál es su origen y cuáles los principales desafíos conceptuales y técnicos en su desarrollo?
Alejandra Cabezas: El proyecto que presentamos este año es Cartografías del desplazamiento, una exposición centrada en la serie escultórica Children of the World de J. Oscar Molina. La obra aborda el desplazamiento no como un acontecimiento que deba ilustrarse, sino como una condición que se habita: una forma de existencia marcada por el movimiento, la memoria y la constante negociación entre pasado, presente y futuros imaginados. Al tratarse de la primera participación de El Salvador en la Bienal de Venecia, surgió naturalmente una responsabilidad curatorial. Más que intentar resumir toda la escena artística del país, el proyecto propone un lente específico desde el cual explorar ciertas realidades de la experiencia salvadoreña. La propuesta parte de reflexionar sobre temas que atraviesan profundamente el tejido social del país: transformación, resiliencia y, sobre todo, desplazamiento. En El Salvador, este no solo ocurre cuando se cruzan fronteras; también aparece en formas más silenciosas de desarraigo provocadas por desigualdad, precariedad económica, violencia o vulnerabilidad ambiental. Las esculturas de Molina permiten abordar estas cuestiones desde la materialidad. Funcionan como cartografías que registran presión, acumulación y adaptación. Evocan el acto de cargar: memorias, historias y el peso simultáneo de la pérdida y la posibilidad. La exposición se concibe como un espacio contemplativo. Más que representar el desplazamiento como espectáculo, busca invitar a reflexionar sobre él como una condición compartida —aunque desigualmente distribuida— de la vida contemporánea.
Tu proyecto aborda la migración y el desplazamiento, anclado en tu experiencia personal que traza una línea diásporica desde Centroamérica hacia Estados Unidos, un tema cargado de tensión social y política. ¿Qué implicaciones políticas crees que tiene compartir esta experiencia personal y colectiva en un contexto de tanta visibilidad internacional como la Bienal de Venecia?
J. Oscar Molina: Solo mira a tu alrededor; el mundo se está moviendo tan rápido como nunca antes habíamos visto.
¿Cómo creen que puede dialogar, si es que lo hace, el proyecto que presentan en el pabellón con los lineamientos curatoriales trazados por Koyo Kouoh para la exposición general ‘In Minor Keys’? ¿Encuentran puntos de convergencia conceptual o tensiones productivas entre ambas propuestas?
AC: Aunque los pabellones nacionales operan con cierta autonomía respecto a la exposición central, existen resonancias significativas entre Cartografías del desplazamiento y la sensibilidad que Koyo Kouoh propone en In Minor Keys. El marco de Kouoh invita a atender aquello que ocurre fuera de las narrativas dominantes: escuchar registros más silenciosos de la experiencia y los ritmos sutiles a través de los cuales se forman historias y subjetividades. En muchos sentidos, el trabajo de Molina opera en un registro similar. En lugar de presentar el desplazamiento mediante las imágenes espectaculares que suelen dominar el discurso público sobre la migración, el proyecto lo aborda desde un lenguaje más contemplativo y material. Las esculturas funcionan como acumulaciones lentas de experiencia. Registran presión, peso y memoria a lo largo del tiempo, aludiendo a formas de desplazamiento menos visibles, especialmente aquellas que ocurren dentro de los propios países y comunidades. Al mismo tiempo, existe una tensión productiva. El proyecto aborda estas cuestiones desde un lenguaje escultórico profundamente material, particularmente a través del uso del concreto, que evoca las infraestructuras y entornos construidos que condicionan el movimiento y la pertenencia. Así, la idea de “minor keys” se sitúa no solo en lo afectivo o narrativo, sino también en la materia misma. Aunque el pabellón fue desarrollado de forma independiente, ambas propuestas convergen en su atención a las fuerzas sutiles que moldean la vida contemporánea: las negociaciones silenciosas de memoria, adaptación y supervivencia que suelen quedar fuera de los grandes relatos históricos.
Este es el primer año que El Salvador prevé un envío a la Bienal de Venecia ¿por qué creen que se decidió impulsar esta participación y que implica esta decisión en términos de visibilidad del arte de la región en el exterior?
AC: Es importante entender esta participación no como un gesto repentino, sino como el resultado de un impulso que se ha venido construyendo desde hace tiempo. Durante la última década, artistas de El Salvador han ganado creciente visibilidad en exposiciones internacionales, residencias y plataformas institucionales. Prácticas surgidas en el país ya participan en conversaciones globales, y figuras como Studio Lenca, Antonio Romero, Rodolfo Oviedo Vega y Ronald Morán —quien ya ha participado anteriormente en la Bienal de Venecia— son ejemplos claros de esta presencia internacional. En ese sentido, la participación de El Salvador este año puede entenderse menos como un debut y más como un reconocimiento institucional de una realidad ya existente: en el país hay una escena artística vibrante e intelectualmente activa que lleva tiempo en diálogo con el mundo. El pabellón simplemente hace visible ese diálogo dentro de una de las plataformas más importantes del arte contemporáneo. Más que intentar representar toda la complejidad de la escena salvadoreña, el proyecto propone una voz artística específica dentro de esa constelación más amplia. La obra de Molina aborda temas que resuenan más allá del contexto nacional: desplazamiento, memoria material y las formas en que las personas cargan sus historias a través de paisajes inestables. Desde esta perspectiva, el pabellón se inscribe en una trayectoria mayor: reconoce que los artistas salvadoreños ya participan del discurso artístico global y abre un espacio para que ese diálogo se vuelva más visible.
¿Cómo funciona en El Salvador el proceso de selección del pabellón nacional para la Bienal de Venecia? ¿Se realiza a través de una convocatoria abierta o por invitación directa?
AC: El proceso de selección para este primer pabellón se organizó mediante una designación curatorial, en lugar de una convocatoria abierta. La Dra. Astrid Bahamond, quien se desempeña como comisionada de la participación de El Salvador en la Bienal de Venecia, me invitó a desarrollar la propuesta curatorial del pabellón. Mi enfoque no fue buscar a un artista que de algún modo pudiera “resumir” la escena artística nacional, lo cual sería una tarea imposible, sino identificar una práctica capaz de articular una propuesta conceptual sólida dentro del marco de la Bienal. La Bienal de Venecia no es una exposición panorámica; es un espacio donde las ideas curatoriales y los lenguajes artísticos entran en diálogo con una audiencia global. A través de ese proceso de investigación, la obra de J. Oscar Molina surgió como una propuesta particularmente convincente. Su práctica escultórica aborda la materialidad, la infraestructura y el desplazamiento de maneras que resuenan profundamente con ciertas realidades vividas en El Salvador, al tiempo que dialogan con cuestiones más amplias sobre el movimiento, la memoria y la pertenencia, relevantes también a nivel internacional. Así, la selección fue en última instancia el resultado de una investigación curatorial: una que buscaba una práctica capaz de sostener tanto una especificidad local como un diálogo conceptual más amplio dentro del contexto de la Bienal.
¿Existe un apoyo estatal en términos económicos y logísticos que respalde la participación nacional en la Bienal de Venecia? ¿Cómo se estructura ese acompañamiento institucional?
AC: Esta participación se ha realizado principalmente a través de esfuerzos independientes. El proyecto fue posible gracias a una iniciativa de recaudación de fondos liderada por el estudio de Oscar Molina, que coordinó gran parte del apoyo financiero y logístico necesario para concretar el pabellón. Producir un proyecto a la escala de la Bienal de Venecia implica una gran coordinación, desde el transporte y el montaje hasta el desarrollo del espacio expositivo. En este caso, el estudio desempeñó un papel central en la movilización de recursos y alianzas. Este modelo colaborativo e independiente no es inusual en pabellones emergentes, especialmente en países que participan por primera vez. Suele requerir una combinación de diálogo institucional, apoyo privado y el compromiso directo de artistas y equipo curatorial. En última instancia, el pabellón refleja un esfuerzo compartido entre múltiples actores que creyeron en la importancia de situar la producción artística salvadoreña en un contexto internacional.
¿Cómo vives la responsabilidad de representar a El Salvador en su primera participación con pabellón propio en la Bienal, considerando que tuviste que dejar el país hace 35 años? ¿Cuál es hoy tu vínculo con la escena artística de tu país de origen y cómo influye en este proyecto?
JOM: Haber salido de El Salvador hace más de treinta y cinco años estuvo marcado por la realidad de la guerra civil. Como muchos otros, me fui con esperanza, pero también con la conciencia de que partía debido a circunstancias difíciles. Llegar a Estados Unidos me dio la oportunidad de reconstruir mi vida, convertirme en empresario y desarrollar mi voz como artista. Representar a El Salvador en la Bienal de Venecia es, para mí, tanto un honor como una responsabilidad. Es una oportunidad para mostrar de lo que son capaces los migrantes y el potencial que puede surgir de la resiliencia y la determinación. Al tratarse de una presentación individual, también espero que este pabellón ayude a abrir la puerta a nuevas y más jóvenes audiencias, e inspire a futuras generaciones de artistas salvadoreños.
En un momento en que se cuestionan cada vez más las lógicas centro-periferia y las nociones tradicionales de representación nacional, ¿cómo piensan el formato del pabellón nacional en la Bienal de Venecia? ¿Sigue siendo una herramienta válida para representar la complejidad de una escena artística o requiere ser repensado?
AC: El formato de pabellones nacionales ha sido objeto de reflexión crítica durante años, en parte porque surgió en un momento histórico en que la producción cultural estaba estrechamente ligada a ideas de identidad y representación nacional. En el panorama artístico actual —donde prácticas, ideas y colaboraciones circulan con mayor fluidez entre fronteras— esos marcos son comprensiblemente cuestionados. Aun así, el formato del pabellón sigue siendo significativo precisamente porque puede reinterpretarse. Más que un espacio que intenta representar la totalidad de una escena artística nacional, puede funcionar como una plataforma donde una propuesta curatorial específica entra en diálogo con una conversación global. En ese sentido, el pabellón deja de tratarse de identidades fijas y se convierte en una forma de situar una voz artística dentro de una red más amplia de ideas. Para países y regiones con menor visibilidad en grandes exposiciones internacionales, el pabellón también puede ser un punto de entrada importante, permitiendo que perspectivas antes subrepresentadas participen en ese espacio de intercambio. En el caso de El Salvador, el pabellón no busca encapsular toda la complejidad de su producción artística. Más bien propone un lente —un lenguaje artístico— desde el cual explorar ciertas experiencias y realidades materiales. En última instancia, su valor no radica en definir una nación, sino en abrir una conversación dentro de la ecología de la Bienal.
¿Cuáles son tus expectativas en relación con la participación en la Bienal de Venecia y cuales tus proyectos futuros?
JOM: Mi participación en la Bienal de Venecia representa un hito importante, tanto en lo personal como en lo profesional. Espero que el pabellón cree una oportunidad para compartir mi obra con una audiencia internacional, al tiempo que brinde mayor visibilidad a El Salvador y a sus voces artísticas. Para mí, la Bienal no se trata solo de presentar una exposición, sino también de generar un diálogo en torno a la migración, la identidad y las experiencias humanas compartidas. De cara al futuro, planeo seguir desarrollando nuevas series escultóricas y expandiendo mi trabajo a nivel internacional mediante exposiciones, colaboraciones e instalaciones públicas. Actualmente estoy trabajando en instalaciones en Florida, Francia, el río Nilo y Colombia, además de continuar con exposiciones en El Salvador, México y Nueva York.
J. Oscar Molina (El Salvador, 1971) es un pintor y escultor cuya obra explora la resiliencia, la memoria y la transformación. Creció en el Golfo de Fonseca durante la guerra civil salvadoreña, experiencia que marcó profundamente su visión artística.
En 1989 emigró a Estados Unidos junto a su familia, y años más tarde se dedicó plenamente al arte, desarrollando un lenguaje visual centrado en la pérdida y la renovación. Su obra ha sido exhibida en instituciones de El Salvador, Estados Unidos, México y Colombia.
Su proyecto en curso, Children of the World, aborda la migración y la resistencia humana a través de esculturas en concreto, cobre y bronce, que reflexionan sobre el desplazamiento y la búsqueda de pertenencia.
Alejandra Cabezas es historiadora del arte, museóloga y curadora. Su práctica se sitúa en la intersección entre patrimonio, memoria y cultura visual, conectando colecciones, comunidades y narrativas contemporáneas.
Actualmente trabaja en la Dirección Nacional de Museos de El Salvador, donde desarrolla exposiciones, proyectos curatoriales y programas públicos. También es curadora de la Galería Nacional de Arte, con un enfoque en arte moderno y contemporáneo salvadoreño. Su trabajo aborda temas como identidad, desplazamiento, ecología y memoria colectiva.
En el marco de una renovación de la estructura de la Guggenheim Foundation, Melissa Chiu…
Sanciones ucranianas y posible suspensión de los fondos de la Unión Europea para el cine:…
Falleció a los 97 años en Provenza la nuera del genio andaluz. Sin su tenacidad…
Desde las lacas de Vietnam hasta las raíces poscoloniales de Sierra Leona: la Bienal de…
La enorme Pomme será expuesta en Le Bristol Paris antes de la venta en Christie’s.…
Invisibles durante décadas, revelados en el año del centenario. Así la major anuncia el redescubrimiento…