Fotografía cedida por la casa de subastas Christie's de un hombre observando la obra 'No. 31 (Yellow Stripe)' del pintor figurativo estadounidense Mark Rothko (1903-1970) en Nueva York (Estados Unidos). EFE/ Christie's
No. 31 (Yellow Stripe) de Mark Rothko superó los US$62 millones en Nueva York y se convirtió en la pieza más destacada de una jornada que cerró cerca de los US$700 millones en ventas. El mercado del arte moderno vuelve a mostrar músculo, tensión y una lógica global que redefine jerarquías.
El cuadro, marcado por sus franjas de amarillo, naranja y rojo, pertenecía a la colección del empresario Robert Weis. La puja fue breve pero feroz, una escena que refuerza el magnetismo de Rothko dentro del mercado.
Lo que se vende no es solo un color-field icónico, se vende un estado emocional, una profundidad que el artista convirtió en experiencia casi religiosa. Se trata de un modo de ver el siglo XX a través del color como arquitectura mental.
Los US$62 millones no pasan por una cuestión de récord, sino por la reafirmación de un canon. Rothko se instala otra vez como emblema del arte moderno capaz de equilibrar peso histórico, sensibilidad contemporánea y atractivo financiero.
El monto habla de un mercado que no se achica, incluso frente a coyunturas globales tensas. Y también de la voluntad de los compradores por consolidar nombres que ya funcionan como instituciones en sí mismas.
La noche a su vez presentó obras de Picasso, Matisse y Calder que se sumaron a la ola de ventas millonarias que configuraron una sesión heterogénea y sólida. La combinación de modernismo, abstracción y arte posbélico compuso un mapa de tendencias que confirma dónde está hoy la atención del mercado internacional.
En conjunto, estas ventas construyen una lectura generacional sobre el gusto, la memoria y la necesidad de anclarse en obras que ya no requieren justificación crítica.
Para Argentina y la región, un hito así opera como termómetro. Señala la distancia entre las cifras globales y los circuitos locales, pero también abre preguntas sobre cómo se articula valor cuando no está mediado por récords sino por tejido institucional.
Las ventas de este calibre terminan influyendo incluso en escenas más pequeñas, desde precios de obra moderna hasta expectativas de coleccionismo. Funcionan como brújula aunque no compartamos el mismo volumen de capital.
La venta del Rothko funciona como síntoma de una conversación más amplia: cómo se escribe la historia del arte cuando el mercado actúa como amplificador. Cada cifra es una declaración estética, económica y simbólica.
Y cada subasta de este nivel vuelve a recordarnos que el arte, en su dimensión pública y privada, se sostiene entre dos fuerzas: la experiencia sensible y la maquinaria del capital.
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