Iris Van Herpen and The Architecture Fashion Couture
La más reciente exposición de Iris van Herpen confirma algo que su práctica viene anunciando desde hace más de una década: la moda, cuando se libera de la lógica estricta de la temporada y del mercado, puede operar como un campo de experimentación formal y conceptual cercano al arte contemporáneo. No se trata aquí de una exhibición retrospectiva ni de un despliegue espectacular sin fisuras, sino de un dispositivo expositivo que insiste en la idea de la forma como proceso, como estado transitorio, como mutación constante.
Van Herpen trabaja desde hace años en una zona liminal entre el diseño, la escultura, la ciencia y la ingeniería. En esta muestra, esa condición híbrida se intensifica. Las piezas no se presentan como vestidos destinados a un cuerpo idealizado, sino como estructuras que parecen emerger de un ecosistema propio: superficies que ondulan, tejidos que respiran, siluetas que se expanden y contraen como organismos vivos. El cuerpo humano está presente, pero ya no como centro estable, sino como soporte provisional de fuerzas materiales, tecnológicas y simbólicas.
Uno de los ejes más claros de la exposición es la relación entre materialidad y tecnología. El uso de impresión 3D, resinas translúcidas, polímeros flexibles y técnicas de corte láser no funciona aquí como demostración de virtuosismo técnico. Al contrario, estas tecnologías están al servicio de una investigación sobre la fragilidad, la porosidad y la interdependencia. Muchas de las piezas parecen a punto de deshacerse o transformarse, como si la estabilidad fuera apenas un acuerdo momentáneo entre materia y gravedad.
Este énfasis en la transformación conecta de manera sutil con debates contemporáneos que atraviesan también el arte latinoamericano: la crisis de los modelos extractivos, la necesidad de pensar lo humano en relación con otros sistemas vivos, la desconfianza frente a las formas cerradas y definitivas. Aunque la obra de Van Herpen no se inscribe explícitamente en una genealogía política regional, su imaginario dialoga con preocupaciones globales que hoy atraviesan múltiples prácticas artísticas: la ecología, la posthumanidad, la reformulación del cuerpo como territorio inestable.
El montaje expositivo refuerza esta lectura. Las piezas se disponen en el espacio como si formaran parte de un archivo especulativo del futuro: no hay una cronología lineal ni un recorrido jerárquico. El visitante se mueve entre constelaciones de formas, detalles ampliados, fragmentos suspendidos. Esta decisión curatorial evita la tentación del espectáculo total y permite una lectura más atenta de los procesos, de las costuras visibles, de las tensiones entre rigidez y fluidez.
Un aspecto especialmente logrado es la manera en que la exposición problematiza la noción de autoría. Si bien el nombre de Van Herpen articula el conjunto, la muestra hace evidente el carácter colaborativo de su práctica: ingenieros, científicos, artesanos y programadores aparecen como parte activa del proceso creativo. Esta dimensión colectiva cuestiona la figura del diseñador-genio y acerca su trabajo a modelos de producción más comunes en el arte contemporáneo que en la alta costura.
Sin embargo, no todo en la exposición se resuelve con la misma potencia. En algunos momentos, la insistencia en lo orgánico y lo biomórfico corre el riesgo de volverse un lenguaje demasiado reconocible, casi una firma estilística que amenaza con cerrarse sobre sí misma. Es precisamente ahí donde la muestra resulta más interesante: cuando deja ver sus propios límites, cuando la repetición formal abre preguntas sobre cómo seguir imaginando cuerpos y formas sin recaer en un repertorio previsible.
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