Entre texto e imagen: el giro narrativo del Recoleta

El Centro Cultural Recoleta atraviesa una etapa de redefinición silenciosa pero consistente. La institución ha comenzado a consolidar una línea donde las artes visuales dialogan de manera sostenida con la escritura. Este desplazamiento tiene mucho que ver con la impronta de su actual director, Maximiliano Tomás, periodista e historiador, cuya formación ha permeado el programa del centro cultural de un interés renovado por la palabra, el relato y las formas contemporáneas de narración.

Desde su llegada, el Recoleta ha fortalecido una escena donde los textos no se limitan al registro curatorial ni a la mediación institucional. Poemas, fragmentos narrativos, publicaciones experimentales, talleres de escritura y proyectos editoriales conviven con exposiciones y dispositivos visuales, generando un campo de resonancia que interpela especialmente a públicos jóvenes. La literatura aparece como una herramienta de activación sensible: no explica las obras, las rodea; no clausura sentidos, los multiplica.

El Centro Cultural Recoleta (CCR) realizó el lanzamiento de la temporada 2025 | CCR

En un contexto marcado por la fragmentación de la atención y la circulación acelerada de imágenes, el Recoleta propone una experiencia que admite la pausa, el rodeo, la deriva. Leer y mirar se convierten en acciones complementarias. En este sentido, la institución parece dialogar con una tradición latinoamericana donde texto e imagen han convivido históricamente como territorios de fricción política y poética, pero lo hace desde una sensibilidad contemporánea, más cercana al ensayo, la crónica o la escritura situada.

La reciente exposición de Marta Minujín funcionó como un punto de inflexión visible dentro de este proceso. La monumental escultura de fideos —una estructura desbordante, festiva y deliberadamente excesiva— no solo reactivó la dimensión performativa y lúdica que atraviesa la obra de la artista, sino que también puso en escena una relación directa con el relato. Minujín, figura clave del arte argentino, ha construido su trayectoria a partir de mitologías personales, manifiestos, acciones narradas y una permanente teatralización de la experiencia artística. En el Recoleta, la escala gigantesca de la obra convivió con textos, registros y referencias que reforzaron esa condición narrativa sin reducirla a explicación.

Marta Minujín, La Torre de Pisa de Spaghettis, 2025. Cortesía: Centro Cultural Recoleta

La presencia de Minujín permitió, además, atraer a un público amplio y diverso, confirmando que la apertura hacia lenguajes múltiples no implica perder densidad crítica. Por el contrario, la exposición mostró cómo una obra profundamente visual puede activar conversaciones culturales más amplias cuando se la inserta en un contexto que valora el relato, la memoria y la circulación de ideas. En ese cruce, el Recoleta encontró una de sus fortalezas actuales: articular lo espectacular con lo reflexivo, lo inmediato con lo discursivo.

El centro cultural parece asumir que la formación de nuevas audiencias no pasa por simplificar contenidos, sino por ofrecer marcos hospitalarios donde distintas prácticas se toquen sin jerarquías rígidas. La escritura —ya sea en forma de ensayo breve, ficción, archivo o anotación— se vuelve una aliada estratégica para acompañar procesos artísticos y generar identificación.

Así, el Recoleta se afirma como un espacio de cruce generacional y disciplinar, donde la imagen gana espesor cuando se la piensa junto a la palabra, y donde la literatura encuentra nuevas superficies de inscripción. Más que un programa cerrado, lo que se percibe es una orientación clara: construir una institución atenta a las formas contemporáneas de sensibilidad y producción cultural, capaz de leer su tiempo sin renunciar a la experimentación. En esa dirección, el empuje literario no aparece como un giro accesorio, sino como una clave para entender el presente —y el futuro— del Recoleta.

Redacción exibart latam

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