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Her Private Hell, la última película de Refn es un extenso reel para fetichistas de la imagen

 

Algunas catábasis, una anábasis. Más o menos. Her Private Hell es el manifiesto de un Nicolas Winding Refn post mortem. Él mismo lo cuenta: hace algunos años estuvo clínicamente muerto durante varios minutos a causa de una grave crisis cardíaca. Al despertar, en los días siguientes, sintió la necesidad de volver a hacer cine. Después de diez años. La trama es casi intangible. Despojada de cualquier interpretación innecesariamente rebuscada, gira en torno a la compleja relación entre padres e hijas. O, quizás, a la supuesta perfección que las hijas imaginan que sus padres deberían encarnar.

El guion prácticamente no existe. En cambio, la película adopta una lógica cercana al desplazamiento infinito de reels. Frente a la pantalla grande, la sensación es la de sostener un teléfono celular en la mano. Las imágenes se suceden fragmentadas. Perderse algunas, salir un momento de la sala, no afecta en absoluto la experiencia visual. Una experiencia extremadamente plástica. La fotografía apuesta por los colores fluorescentes y el neón (literalmente), aunque destaca especialmente una escena en la que el azul y el fucsia iluminan alternativamente los rostros de los dos protagonistas.

Sophie Thatcher, protagonista del film, actúa de manera deliberadamente exagerada, pero resulta convincente. Incluso cuando aparece empuñando un hacha a través de la abertura de una puerta. La referencia a una polaridad opuesta al Jack Nicholson de El resplandor (The Shining) es evidente, pero Thatcher la resuelve a su manera, y eso basta para que funcione.

En cierto sentido, la película es un compendio del cine. Al menos de algunos de sus géneros. El director no lo oculta y lo declara abiertamente: drama, horror, ciencia ficción distópica y camp. También una estética que recuerda a una gigantesca publicidad de perfumes, casi como si persiguiera —o reinventara copiando— unos años setenta del siglo XXI. Esa voracidad visual se refleja en una infinidad de estereotipos que dan la impresión de que el director temía dejar alguno fuera: una rockola, luchadores de sumo, una mujer haciendo explotar un globo de chicle, un videojuego al estilo Street Fighter, un hombre peinándose mientras observa escenas de una violencia asombrosa. Y, por supuesto, una discoteca vacía, estatuas clásicas y un beso sáfico.

La banda sonora, omnipresente, de Pino Donaggio no desentona; por el contrario, potencia con habilidad algunos pasajes de la película —como los golpes de gong cuando aparecen arquitecturas japonesas—. Un film que, o bien no hay que ver, o quizás haya que volver a ver. En un iPad.

 

Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com

Pierluigi Romanello

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