Desirée de Ridder en la Bienal de Chaco 2026
Resistencia, la capital chaqueña que desde hace más de sesenta años cultiva el título de «ciudad de las esculturas», volvió a ampliar su colección pública. Este viernes 24 de julio, en el predio de la Bienal Internacional de Escultura, se realizaron tres emplazamientos consecutivos que comparten autoría femenina: una decisión que la propia organización subraya como parte del gesto simbólico de la jornada.
A las 10 de la mañana, en el Parque Intercultural 2 de Febrero, quedó inaugurada Síntesis de amor, pieza modelada y fundida en aluminio y metales blancos que la artista Lucy Mattos donó a la ciudad y trasladó especialmente desde Buenos Aires para la ceremonia.
Nacida en Misiones y formada en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, Mattos se radicó en San Isidro hacia fines de los años sesenta y desde entonces construyó una obra centrada en la figura femenina y en las tensiones sociales y ambientales de su tiempo, trabajando indistintamente el bronce, la piedra, el mármol, la madera, la resina y el textil. En 1994 patentó una técnica propia, transluz-intra-luz-neón, que amplió su vocabulario escultórico, y desde 2012 dirige en San Isidro un museo propio que ha alojado, junto a su producción, obras de Miró, Dalí, Warhol y Berni. Su circulación internacional, con piezas en colecciones de Brasil, Estados Unidos, Europa, Japón y Corea, tiene hoy un capítulo europeo: expone actualmente en el Palazzo Mora, en el marco de la Bienal de Venecia.
Que una escultura sobre el vínculo entre dos personas pase a integrar el patrimonio colectivo de Resistencia no es un dato menor para una ciudad que, a través de la Fundación Urunday, lleva casi cuatro décadas sosteniendo la premisa de que el arte, una vez en la calle, deja de pertenecer a su autor para pertenecer a todos.
A las 13, en el mismo predio, se emplazó Tiempo, de la escultora letona Solveiga Vasiljeva, ganadora del Primer Premio «NBCH» y del Premio de los Escultores «Efraín Boglietti» en la edición 2024 de la Bienal chaqueña.
Nacida el 5 de abril de 1954 en Sigulda, Letonia, Vasiljeva acumula una trayectoria que incluye primeros premios obtenidos en Riga en 2008 y 2005 y en el certamen ArtBaltic del año 2000, además de participaciones en bienales y concursos escultóricos en Taiwán, Japón, China, Suiza, República Checa, Polonia, Dinamarca y Turquía. En Tiempo, resuelta en metal, la artista aborda la idea desde sus tres registros posibles, el físico, el biológico y el subjetivo, en un ejercicio que ella misma describe como el intento de dar forma estable a algo que, por definición, se resiste a toda fijación.
Cerró la jornada, a las 19 horas y frente al pasaje Fabriciano, el emplazamiento de Rugido de fuego, de la artista argentina Desirée de Ridder, integrante del cuerpo de escultores invitados de la edición 2026 de la Bienal.
Nacida en Buenos Aires en 1971, De Ridder se formó como profesora de Pintura en la Prilidiano Pueyrredón y estudió Animación en Central Saint Martins College of Art and Design, en Londres. Reside actualmente en el campo «La Providencia», donde dirige residencias de artistas y talleres vinculados al arte y la sustentabilidad; su trayectoria incluye muestras y residencias en Colombia, México, Italia, Estados Unidos y Egipto (participó de la Bienal de El Cairo en 2023) además de distinciones en el Salón Nacional de Artes Visuales. Su nueva pieza propone un cuerpo-tótem que evoca al yaguareté, especie en peligro de extinción en el territorio chaqueño: el barro cocido, endurecido por la acción del fuego que asciende por la escultura, funciona como metáfora de una permanencia que resiste, dice la artista, a una desaparición que no responde a causas naturales sino a la acción del hombre.
Rugido de fuego no llega como una pieza aislada sino como parte de una estructura que la Bienal 2026 diseñó en dos niveles. Por un lado, el Décimo Encuentro de Escultores Invitados, categoría no competitiva a la que pertenece Desirée de Ridder junto a Carola Zech, Norma Siguelboim, Eka Acosta, Rafael Blasco Ciscar, Lucas Caricato y Oscar Leiva. Por otro, el Certamen Internacional propiamente dicho, que este año convocó a diez escultores consagrados, seleccionados entre 439 postulaciones llegadas de 70 países, para trabajar en mármol travertino y acero inoxidable: Néstor Vildoza (Argentina), Alex Sorokin (Bielorrusia), Georgi Minchev (Bulgaria), Mauricio Guajardo (Chile), José Carlos Cabello Millán (España), Francesca Bernardini (Italia), Anna Teresa Rasinska (Polonia), Furkan Depeli (Turquía), Lyudmyla Mysko (Ucrania) y Ulash Urakov (Uzbekistán).
Las tres incorporaciones de este viernes se inscriben en una tradición que la Fundación Urunday, organizadora de la Bienal Internacional de Escultura del Chaco, reconstruyó en diálogo con exibart latam a través de su presidente, José Sebastián Eidman.
El origen se remonta a los años sesenta y a la casa de los hermanos Aldo y Efraín Boglietti, conocida como El Fogón de los Arrieros, que funcionaba como punto de encuentro de artistas e intelectuales del Chaco. Según relató Eidman, los Boglietti no compraban las obras que llegaban a integrar el naciente patrimonio urbano: las conseguían por vía de la donación, apelando a la generosidad de escultores consagrados y emergentes que simpatizaban con la idea de sacar el arte de los museos y ponerlo a disposición de cualquier transeúnte. Así llegaron a Resistencia, entre otras, piezas vinculadas a Lucio Fontana, a Gyula Kosice, que donó más de una obra a lo largo de los años, y el único mural que Emilio Pettoruti realizó en el país.
Tras la muerte de Aldo Boglietti, fue su hermano Efraín quien impulsó una nueva etapa institucional con la creación de COPROAR, la Comisión para la Promoción del Arte, que gestionó fondos de empresas privadas, entre ellas la cementera que financió buena parte de las obras de defensa hídrica de la ciudad, para seguir incorporando esculturas al espacio público. De esa etapa surgieron, según el relato de Eidman, entre veinte y treinta piezas más, hasta consolidar un patrimonio cercano al centenar y sentar las bases de lo que a fines de los años ochenta y principios de los noventa se transformaría en los concursos de escultura de la plaza 25 de Mayo, inicialmente resueltos en madera.
Ese tercer eslabón institucional que llega hasta el presente es la Fundación Urunday, impulsada por Julián Astolfoni, empresario chaqueño que ofició de mecenas del escultor Fabriciano Gómez y acompañó su formación en Europa. A su regreso, Gómez impulsó los certámenes que, de la mano de Efraín Boglietti, reemplazaron la madera por materiales perdurables y dieron origen a la Bienal Internacional de Escultura tal como se la conoce hoy: un concurso que, según datos de la propia Fundación, ya reúne más de setecientas obras en las calles, plazas y bulevares de Resistencia.
Eidman fue enfático en un punto: pese a que la Fundación Urunday asumió, mediante un convenio con la Municipalidad de Resistencia, la conservación y restauración de ese patrimonio, con un equipo de apenas diez personas y un aporte anual que ronda los 350 millones de pesos destinados exclusivamente a esa tarea, la titularidad de las obras nunca fue institucional. «Es de la ciudad», resumió. «Es patrimonio público.» El verdadero custodio, agregó, es el propio vecino: los casos de vandalismo o sustracción son, según su testimonio, prácticamente anecdóticos en más de seis décadas de esculturas a la intemperie.
Ese vínculo entre comunidad y patrimonio también atraviesa la dinámica del concurso: de las decenas de proyectos presentados en cada edición (439 postulantes de setenta países en la convocatoria 2026) un comité técnico y un equipo curatorial interno seleccionan a diez escultores, procurando no repetir países de origen. Cada uno recibe un cachet de seis mil dólares y los materiales para trabajar durante la Bienal a cielo abierto, con la condición de que la obra resultante quede donada a la ciudad. Solo después de ese proceso se definen los premios del jurado, de carácter honorífico, y un premio adicional que los propios escultores se otorgan entre sí por votación, además de la elección del público y de los niños que recorren el predio.
Con las incorporaciones de este viernes, Resistencia vuelve a poner en escena esa ecuación singular entre arte, donación y espacio público que, desde el living bohemio de los Boglietti hasta el predio actual de la Bienal a orillas del río Negro, terminó por convertir a una ciudad del nordeste argentino en uno de los museos al aire libre más extensos del continente.
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