Pussy Riot by Igor Mukhin
El colectivo feminista disidente no se limita a la protesta: el desafío, para las Pussy Riot, es ocupar el espacio institucional ruso para transformarlo en un centro expositivo dedicado a los prisioneros políticos
La tensión en los Giardini de Venecia no da señales de disminuir: lo hemos visto en los últimos días, con Finlandia anunciando un silencio diplomático en protesta por la presencia del Pabellón Rusia y mayores presiones desde Bruselas, que amenaza con recortar los fondos destinados a la Bienal. A esta situación ya compleja se suman las demandas de los profesionales de la cultura y también las de algunos artistas, como las Pussy Riot.
El colectivo ruso, célebre por sus protestas artísticas y liderado por Nadya Tolokonnikova, no solo pide la exclusión de Moscú, sino que reivindica una “ocupación ética” del histórico edificio, proponiendo transformarlo en un espacio expositivo dedicado a obras realizadas por prisioneros políticos rusos.
La estrategia de contra-narrativa de las Pussy Riot
La propuesta de las Pussy Riot apunta a desmontar la retórica del Kremlin, que presenta el regreso a Venecia como una victoria frente a la supuesta “cancel culture” occidental. Tolokonnikova ha sido clara: el Pabellón, aunque sea de propiedad rusa, se encuentra en suelo italiano y opera gracias a acuerdos con la Bienal. Por lo tanto, el gobierno italiano y la Fundación tienen, según las activistas, plena autoridad política para decir “no” a la propaganda rusa y “sí” a la voz de los artistas disidentes.
La idea es contraponer a la muestra oficial —curada por Smart Art, empresa vinculada a figuras cercanas al gobierno y al ministro Sergey Lavrov— una “exposición de resistencia”. Exhibir obras creadas en prisión no sería solo un acto de denuncia, sino una forma de recontextualizar el edificio que, de emblema de un país imperial y beligerante, se transformaría en un santuario de esa Rusia hoy silenciada o en el exilio.
El choque con la dirección de la Bienal
La La Biennale di Venezia, por su parte, ha intentado hasta ahora mantener una posición de “neutralidad”. Su presidente, Pietrangelo Buttafuoco, ha reiterado que la institución rechaza toda forma de censura, apelando a una visión del arte como “lugar de diálogo”. Una postura que el colectivo disidente rechaza con firmeza: «La Bienal afirma que la decisión no depende de ellos, pero es falso. Permitir la participación rusa es una decisión política de Italia, no un acto obligado».
El pulso también se libra en el terreno de las sanciones: las Pussy Riot han recordado que, mientras Europa abre sus puertas a delegados rusos, los “mejores ciudadanos” del país están encarcelados por protestar contra la guerra o han sido asesinados. Para el colectivo, el silencio institucional equivale a una complicidad con el soft power ruso, que Moscú ha integrado plenamente en su doctrina militar.
Hacia el 9 de mayo: el Pabellón como campo de batalla
Mientras la muestra The Tree is Rooted in the Sky se prepara para abrir, el clima en Venecia es incandescente. La presión de las Pussy Riot, junto con la de más de 6.000 firmantes de la petición internacional contra la presencia rusa, ha puesto a la Bienal contra las cuerdas.
Si el Pabellón abre sin cambios en el programa, existe una posibilidad concreta de que se convierta en el principal blanco de acciones performativas y protestas cotidianas, transformando toda la edición veneciana en un conflicto prolongado. Las Pussy Riot, con su histórica capacidad de convertir el cuerpo y la presencia en un arma política, ya han ganado la batalla de la imagen: ocurra lo que ocurra en los Giardini, el Pabellón ruso dejará de ser percibido como un espacio de arte para convertirse en un lugar de propaganda.
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