Jackson Pollock, Number 1A, 1948, 1948, © 2025 Pollock-Krasner Foundation / Artists Rights Society (ARS), New York
Un estudio reveló que Jackson Pollock, para crear una de sus obras más icónicas, utilizó un pigmento muy particular —el manganese blue—, logrando así una intensidad cromática sin precedentes.
Entre las obras que mejor condensan la energía visual de Pollock, Number 1A (1948) ocupa un lugar central. Conservada en el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, es una de las telas que mejor expresan la radicalidad de su técnica de dripping: una trama de líneas negras y azules, veladuras blancas lechosas y repentinas explosiones de rojo y rosa.
Hoy, un nuevo estudio científico arroja luz —espectroscópica, literalmente— sobre uno de los elementos que contribuyen al magnetismo de la pintura: la naturaleza del azul que la atraviesa.
Un equipo de investigadores del MoMA y de la Stanford University identificó el pigmento como manganese blue, un colorante sintético brillante, ampliamente utilizado en el siglo XX y retirado del mercado en los años noventa por razones ambientales. El hallazgo, publicado el 15 de septiembre en Proceedings of the National Academy of Sciences, corrige hipótesis anteriores que atribuían ese azul a una tonalidad turquesa genérica.
Para llegar a la identificación, los investigadores aplicaron espectroscopía Raman, una técnica que emplea haces láser para medir las vibraciones moleculares de la pintura. El análisis, complementado con cálculos de teoría del funcional de la densidad (DFT) y espectroscopía de dicroísmo magnético circular, permitió aislar la estructura electrónica que vuelve único al manganese blue: las llamadas excited-state exchange interactions —interacciones electrónicas en estado excitado—, que generan múltiples bandas de absorción capaces de filtrar las componentes no azules del espectro. Ese proceso es el responsable de la intensidad pura y cristalina del pigmento.
El manganese blue fue sintetizado por primera vez en 1907, pero recién en los años treinta llegó al mercado, adoptado tanto por artistas como en la industria de la construcción —incluso como aditivo para el cemento—. Su luminosidad particular lo convirtió en un favorito de muchas prácticas artísticas del siglo XX, hasta su paulatina sustitución por motivos de sustentabilidad.
La identificación del pigmento aporta una pieza clave para comprender la práctica de Pollock, que en esos años experimentaba con la fusión entre pintura industrial y pintura de caballete.
“A veces uso pincel, pero a menudo prefiero un palito. A veces vierto el color directamente desde el tarro. Me gusta usar pintura líquida, que gotea”, explicaba el propio Pollock.
En particular, Number 1A marca un punto de inflexión: el abandono de los títulos descriptivos, la decisión de trabajar sobre telas sin bastidor colocadas en el piso, y la superposición de gestos que incluyen huellas de manos, trazos directos desde el tubo y chorreaduras de esmaltes industriales.
Su esposa, la artista Lee Krasner, lo resumió así:
“Los números son neutros. Permiten que la gente mire un cuadro por lo que es: pintura pura.”
Sin embargo, el público coleccionista no abrazó de inmediato el nuevo estilo radical de Pollock. Cuando la obra —entonces titulada Number 1, 1948— se expuso por primera vez en 1949, no encontró comprador. Ese mismo año, en su segunda muestra individual, Pollock agregó una “A” al título para evitar confusiones con obras más recientes, y poco después el MoMA la adquirió para su colección.
“Este tipo de investigaciones nos ofrecen herramientas fundamentales para entender las decisiones del artista, contextualizar su obra y desarrollar estrategias efectivas de conservación, dado que muchos pigmentos son sensibles a la luz, la radiación UV y las variaciones ambientales”, explicó Abed Haddad, conservador del MoMA.
Una muestra más de cómo, incluso hoy, los grandes íconos del siglo XX siguen generando conocimiento, revelando la complejidad de una pintura que —en el caso de Pollock— estaba hecha de puro instinto, pero también de ciencia.
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