Su nombre es Robin Gunningham, posteriormente cambiado a David Jones. Reuters dedicó una amplia investigación a la identidad y al sistema económico vinculado a Banksy, con documentos societarios, testimonios, desplazamientos geográficos y fotografías.
En 2006, Banksy declaraba a Swindle magazine: «No tengo ningún interés en hacer coming out. Creo que ya hay suficientes idiotas llenos de sí mismos intentando exhibirse con sus feas caras». Desde hace más de 20 años una pregunta acompaña cada nueva aparición de Banksy: ¿quién es realmente el artista que transformó el street art en uno de los lenguajes más reconocibles del arte contemporáneo? Con el tiempo circularon muchas hipótesis, algunas más insistentes que otras, pero ninguna encontró nunca una confirmación definitiva, y el anonimato permaneció como una constante del proyecto Banksy, casi como una condición de su existencia, parte integral de su estrategia artística y de su propia identidad.
Una extensa investigación publicada por Reuters intenta ahora poner orden en esta historia. El trabajo, construido a partir de años de investigación, análisis de documentos públicos, entrevistas y verificaciones cruzadas, representa probablemente una de las indagaciones más amplias jamás dedicadas al artista británico.
En el centro de la reconstrucción vuelve a aparecer el nombre de Robin Gunningham, figura ya señalada como posible identidad del artista a raíz de una investigación de 2008 publicada por Mail on Sunday. La investigación de Reuters repasa una serie de elementos que a lo largo de los años alimentaron esta hipótesis: orígenes en Bristol, fotografías y fragmentos de ellas, relaciones dentro de la escena local del grafiti y coincidencias temporales entre algunos de sus desplazamientos y la aparición de obras firmadas por Banksy.
Según Reuters, nuevos documentos y testimonios contribuirían a reforzar esta pista. Entre los elementos analizados también figuran algunos viajes que coinciden con la aparición de intervenciones atribuidas al artista en distintas ciudades del mundo, incluido el realizado en Ucrania en 2022, cuando una serie de murales apareció en zonas afectadas por la guerra. De hecho, la investigación periodística comienza precisamente en un edificio bombardeado en el pueblo de Borodyanka, en las afueras de Kiev.
En la investigación también reaparece un nombre que desde hace años acompaña el debate sobre la identidad del artista: Robert Del Naja, músico de Massive Attack y figura histórica de la escena del grafiti de Bristol. En diversas ocasiones su nombre fue asociado a Banksy, no necesariamente como identidad directa, sino como posible colaborador o figura cercana al nacimiento del proyecto.
Si la identidad sigue siendo el aspecto más atractivo mediáticamente, la investigación de Reuters amplía la mirada también hacia otro aspecto del fenómeno Banksy: el sistema económico que se desarrolló alrededor de sus obras a lo largo de los años. Aquí entra en escena Pest Control Office, el organismo que autentica oficialmente las obras del artista y decide quién tiene la posibilidad de adquirir primero sus últimos trabajos, actuando tanto como entidad de autenticación como sociedad operativa. A través de registros societarios y documentos públicos, Reuters reconstruyó una red de empresas británicas vinculadas a la gestión de las obras y a la protección de la marca Banksy.
El panorama que emerge es el de una estructura relativamente compleja, construida con el tiempo para controlar la circulación de las obras y limitar la proliferación de falsificaciones. Una necesidad casi inevitable si se considera el peso económico que el nombre Banksy adquirió en los últimos quince años. Según los datos analizados por la agencia, desde 2015 las obras del artista habrían generado alrededor de 248 millones de dólares en el mercado secundario: una cifra que ilustra bien la paradoja de una práctica nacida en los muros de las ciudades y que terminó en el centro de un sistema global de coleccionismo. Pest Control es la única entidad que autentica las obras de Banksy, empleando meses e incluso años cada vez, y algunos críticos sostienen que el proceso es lento y poco transparente.
Sin embargo, Jasper Tordoff, experto en Banksy en MyArtBroker, declaró a Reuters que se trata de un enfoque «bastante común» en el mercado y que funciona de manera similar a los procesos de autenticación para otros artistas urbanos como Jean-Michel Basquiat y Keith Haring. Y añadió: «El objetivo de toda esta operación es proteger a los compradores», subrayando que «muchas personas han sido estafadas comprando (falsos) Banksy en lugar de auténtico dinero de Banksy».
Sin duda, tanto el anonimato como la espectacularización contribuyeron con el tiempo a definir los precios de las obras del artista y el atractivo que las rodea, vinculando estrechamente el elemento económico con el de desafío, ya sea identitario o ideológico. Pero, como suele ocurrir en estos casos, la crítica al sistema termina generando solo un aumento de los precios dentro de él, como sucedió en el célebre caso del cuadro “autodestruido” durante las subastas de Sotheby’s en Londres en 2018. Al tratarse de street art, además, sigue abierto el debate sobre las obras retiradas de las calles, a veces con el único propósito de preservarlas, en otros casos introduciéndolas directamente en el mercado, generando una separación aún más marcada entre lo que representan las obras y su destino original y los mecanismos del circuito de mercado en el que terminan insertadas.
Se trata de una investigación que avanza por dos vías: la de la identidad y la del circuito económico. Dos caminos que a menudo transitan por separado, pero que terminan convergiendo en un punto preciso: «¿Cuánto influiría la revelación de la identidad de Banksy en el valor de sus obras? Reuters contactó a más de una docena de importantes galerías, museos y casas de subastas. La mayoría se negó a comentar el caso Banksy. Las opiniones entre quienes hablaron son divergentes».
Sin embargo, cabe decir que, independientemente de la monetización del anonimato y del atractivo que este pueda suscitar —y sin duda suscita— entre los compradores, el anonimato es una parte integral y fundamental de la figura del artista, como también reconoce Reuters al citar las palabras del historiador del arte y experto en Banksy Ulrich Blanche: «Este anonimato es en sí mismo una declaración de intenciones».
Precisamente por eso, la investigación de Reuters se mueve en un terreno delicado. Por un lado está el principio periodístico que legitima una investigación de este tipo: figuras públicas con una influencia cultural tan amplia pueden convertirse en objeto de verificación y reconstrucción. Por otro lado, permanece la naturaleza misma del proyecto Banksy, construido sobre la idea de que la obra puede existir sin un rostro público.
El artista, contactado por la agencia, no respondió a ninguna pregunta. A través de sus representantes mantuvo la línea que lo acompaña desde hace años: ninguna confirmación, ninguna desmentida.
El anonimato, en el caso de Banksy, no es un simple recurso sino un verdadero dispositivo artístico, una elección que permitió que las obras circularan sin el peso de una biografía detrás. Y el aura de misterio, incluso su monetización, no añadía necesariamente un nombre o una vida detrás de ellas. Revelar el nombre del artista podría satisfacer una curiosidad generalizada, desvelar el resultado de un enigma que durante años alimentó el debate mediático, anulando toda distancia entre el público y el artista. Pero Banksy siempre funcionó precisamente gracias a esa distancia: las imágenes llegan, aparecen, se difunden. Y el autor permanece en otro lugar. Queda por entender, entonces, cuánto ha añadido realmente esta revelación a la comprensión del trabajo de Banksy.