“DtMF”, la obra creada por la artista Alaniz (Street Art Cities).
El grafiti latinoamericano ocupa un lugar singular dentro del arte contemporáneo global. Lejos de entenderse únicamente como una derivación del hip hop neoyorquino o como una práctica juvenil marginal, en América Latina el grafiti se inscribe en una genealogía más amplia de intervención del espacio público, marcada por la historia política, la desigualdad urbana y una larga tradición de imágenes producidas en y para la calle. Pintar un muro, en este contexto, ha sido menos un gesto estilístico que una forma de tomar posición.
A diferencia de otras escenas, el grafiti latinoamericano se desarrolló en ciudades atravesadas por crisis económicas recurrentes, violencia estatal, informalidad y disputas territoriales. Estas condiciones no solo determinaron los temas abordados, sino también las estrategias formales y materiales. El muro aparece como soporte precario, expuesto al desgaste, la censura y la desaparición, lo que introduce una temporalidad distinta a la de la obra destinada a durar. En muchos casos, la posibilidad de borrado es parte constitutiva del trabajo.
Si bien el grafiti comparte códigos visuales globales —tags, lettering, personajes, firmas—, en América Latina estos lenguajes se hibridan con imaginarios locales: iconografías indígenas y populares, referencias a la violencia política, consignas feministas o demandas territoriales. El resultado no es una estética homogénea, sino un campo profundamente diverso, donde conviven prácticas abiertamente militantes con otras más poéticas o introspectivas. La calle funciona como un espacio de circulación ampliada, pero también como un campo de conflicto.
En las últimas dos décadas, sin embargo, el grafiti ha comenzado a ingresar de manera más sistemática al circuito institucional. Museos, bienales y galerías han incorporado obras de artistas provenientes de la calle, a menudo trasladando murales a formatos transportables: lienzos, instalaciones, objetos. Este desplazamiento no está exento de tensiones. ¿Qué ocurre cuando una práctica pensada para un contexto específico se presenta en el espacio neutralizado del museo? ¿Qué se pierde —y qué se gana— en ese tránsito?
Algunos artistas han abordado esta transición de forma estratégica, manteniendo una práctica doble que circula entre la calle y la institución sin borrar la especificidad de cada espacio. Otros han optado por problematizar directamente el proceso de legitimación, señalando las contradicciones entre el carácter insurgente del grafiti y su valorización dentro del mercado del arte. En estos casos, la obra no se limita a reproducir una estética urbana, sino que reflexiona sobre sus propias condiciones de circulación.
El mercado, por su parte, ha mostrado un interés creciente por el grafiti latinoamericano, especialmente en su versión más figurativa o narrativamente legible. Esta demanda tiende a privilegiar ciertos lenguajes y a suavizar otros, dejando fuera prácticas más radicales, efímeras o anónimas. La firma, elemento central del grafiti, se vuelve aquí un punto de fricción: aquello que en la calle funciona como marca de presencia, en el mercado se transforma en garantía de autoría y valor.
No obstante, reducir el grafiti latinoamericano a su relación con el sistema del arte sería insuficiente. Muchas de sus manifestaciones más potentes siguen ocurriendo fuera de los espacios institucionales, en diálogo directo con comunidades específicas. Murales colectivos, acciones barriales y proyectos autogestionados continúan activando la calle como lugar de encuentro, memoria y disputa simbólica. En estos contextos, el grafiti opera menos como objeto artístico que como práctica social situada.
En un momento en que el arte contemporáneo global parece oscilar entre la espectacularización y la circulación acelerada de imágenes, el grafiti latinoamericano propone otra lógica. Una práctica que asume la precariedad, el desgaste y la posibilidad de desaparición como parte de su sentido. Su fuerza no reside únicamente en la imagen final, sino en el gesto de ocupar un espacio, de escribir en un muro que no fue pensado para ser leído como arte.
Más que una categoría estética cerrada, el grafiti latinoamericano funciona como un campo expandido de prácticas que cuestionan las fronteras entre arte, política y vida cotidiana. En esa insistencia por permanecer incómodo —ni completamente dentro ni totalmente fuera del sistema— se juega su relevancia contemporánea. No como tendencia, sino como una forma persistente de intervenir el presente desde la calle.
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