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Por qué el arte latinoamericano sigue siendo leído desde la falta o el exceso

Durante décadas, el arte latinoamericano ha sido interpretado desde dos polos que, aunque opuestos, comparten un mismo gesto reductivo: la lectura por falta y la lectura por exceso. La primera supone una carencia —de modernidad, de instituciones, de mercado, de “conceptualismo puro”—; la segunda, una saturación —de color, de identidad, de política, de comunidad—. Ambos registros operan como filtros que condicionan la circulación internacional de estas prácticas y limitan la complejidad de sus lecturas. Persisten incluso cuando la escena latinoamericana se ha diversificado hasta volverse irreconocible para quienes continúan midiendo su producción desde parámetros externos.

Luis Camnitzer (Uruguay) — Su conceptualismo pedagógico y político subvierte la noción de “retraso” al insertar la idea como herramienta crítica.

La lectura por falta se consolidó en el siglo XX bajo una matriz centro–periferia que convertía a la región en un territorio que aspiraba a ponerse al día con una modernidad ajena. Lo latinoamericano aparecía entonces como un proyecto inacabado, una modernidad en estado provisional. Aunque la crítica contemporánea ha cuestionado estos relatos, su sombra permanece. Aún hoy, cuando una obra se aleja de la estética global del arte conceptual o no encaja en las categorías habituales de la institucionalidad euroamericana, rápidamente se la interpreta como rezago o desvío. Ese juicio no sólo simplifica las genealogías locales, sino que ignora las condiciones materiales, políticas e históricas que han modelado las prácticas.

La lectura por exceso opera de manera distinta, pero con efectos similares. Aquí la región se vuelve un reservorio de exuberancia: demasiado color, demasiada identidad, demasiada política. La obra latinoamericana se vuelve “ruidosa” para un sistema que, desde cierta mirada global, privilegia la limpieza formal o la distancia conceptual. Este exceso, sin embargo, suele ser una proyección externa. Funciona como fetiche: la obra es esperada como portadora de una autenticidad vibrante o de una denuncia permanente, y cuando no cumple ese rol, se la percibe como insuficiente o despolitizada. Lo que se lee como saturación no es una condición intrínseca, sino una expectativa que opera desde la diferencia cultural.

Ernesto Neto (Brasil) — Aunque visualmente expansivas, sus instalaciones apelan a lo sensorial desde la sutileza, no desde la saturación identitaria.

Ambas lógicas comparten una misma raíz: la imposibilidad de leer la producción latinoamericana en sus propios términos. Se parte de una grilla externa que reduce la multiplicidad de escenas, temporalidades y metodologías a un conjunto de signos reconocibles. La paradoja es que, en el esfuerzo por “entender” lo latinoamericano, se lo vuelve legible sólo a través de lo que no es. La falta y el exceso producen un mismo efecto: aplanan.

Sin embargo, la escena actual ofrece numerosos ejemplos que desbordan estas categorías. Prácticas que trabajan desde territorios específicos —selva, cordillera, desierto, litoral— sin convertirlos en postal; obras que abordan lo político desde la intimidad o desde una escala casi imperceptible; artistas que incorporan técnicas tradicionales sin caer en la nostalgia ni en el gesto decorativo. La diversidad es tal que cualquier intento de unificarla bajo un relato identitario resulta insuficiente. No existe un “arte latinoamericano” como entidad estable: existen prácticas situadas, atravesadas por historias coloniales, pero también por circulaciones contemporáneas que rompen las fronteras geográficas y simbólicas.

Rosângela Rennó (Brasil) — Archivos anónimos que desplazan la espectacularidad: una política de la ausencia.

Tal vez la pregunta no sea cómo “corregir” las lecturas por falta o por exceso, sino cómo desactivar los marcos que las producen. Esto implica desplazar la ansiedad de catalogación y asumir una mirada situada que no traduzca la región a un lenguaje familiar, sino que permita convivir con su diversidad y sus contradicciones. Exige, además, reconocer la circulación desigual del arte y las asimetrías de legitimación que todavía operan en el ámbito global.

Lo que está en juego no es una defensa romántica de la especificidad latinoamericana, sino la posibilidad de leer las obras desde su propio vocabulario, sin imponer un déficit ni una exuberancia como punto de partida. Quizás allí reside la verdadera potencia crítica: en aceptar que el arte latinoamericano no falta ni sobra, sino que desordena los parámetros con los que se lo intenta fijar.

Redacción exibart latam

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