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Estrategias de continuidad: galerías, mercado y circulación en la escena porteña

En Buenos Aires, sostener una galería de arte implica operar dentro de un sistema atravesado por la inestabilidad económica, la fragilidad institucional y una política cultural errática. Inflación persistente, devaluaciones sucesivas y marcos regulatorios cambiantes definen un contexto en el que la continuidad rara vez está garantizada. Sin embargo, espacios como Ruth Benzacar, Zurbarán, Roldán, Praxis, Witcomb, Azur o la histórica Galería Arroyo — reconvertida en Arroyo Remates—, entre otros, han logrado sostener un ecosistema complejo y diverso. En ese esfuerzo, no solo han preservado el legado de figuras centrales del arte argentino, sino que han acompañado a artistas contemporáneos cuyas prácticas continúan expandiendo los lenguajes visuales locales.

La pandemia intensificó tensiones preexistentes y aceleró transformaciones que ya estaban en curso. El cierre prolongado de las salas y la imposibilidad del encuentro físico —un elemento estructural de la escena porteña— obligaron a una reconversión inmediata. La digitalización dejó de ser una opción complementaria para convertirse en una necesidad operativa: catálogos en línea, recorridos virtuales comenzaron a ocupar un lugar central. En ese marco, las subastas digitales adquirieron un protagonismo inesperado. No solo permitieron reactivar un mercado momentáneamente paralizado, sino que ampliaron el alcance de las obras, convocaron a públicos más jóvenes y extendieron el circuito más allá de sus límites geográficos habituales. En un tiempo de aislamiento, restituyeron algo clave para el sistema del arte: la noción de acontecimiento compartido.

Este viraje fue impulsado, en buena medida, por una nueva generación que asumió responsabilidades dentro de galerías con larga trayectoria. Comprendieron que la continuidad no dependía exclusivamente de sostener un espacio físico, sino de repensar las formas de circulación, comunicación y mediación. Lejos de proponer una ruptura con la tradición, su intervención consistió en una relectura estratégica del legado heredado: profesionalizar la gestión, diversificar plataformas, ampliar audiencias y actualizar los vínculos con artistas y coleccionistas. Lo digital no fue entendido como un recurso transitorio, sino como una herramienta capaz de fortalecer la escena y dotarla de mayor resiliencia

Galería Arroyo Remates

La persistencia de estas galerías resulta aún más significativa si se considera el entorno en el que operan. Las restricciones a la importación de materiales, los costos imprevisibles, la escasez de financiamiento institucional y la discontinuidad de las políticas públicas configuran un paisaje adverso. En ese escenario, las galerías han funcionado como mediadoras clave del patrimonio visual argentino. Custodian obras históricas, sostienen archivos, y acompañan prácticas contemporáneas que requieren tiempo, riesgo y una sensibilidad curatorial afinada. Su rol excede ampliamente la lógica del mercado: articulan conversación crítica, producen memoria y sostienen una densidad simbólica que contrasta con la volatilidad del contexto.

Con el retorno progresivo de la presencialidad, la escena se reorganiza ahora en un formato híbrido. La experiencia física de la sala —con su dimensión afectiva, su temporalidad específica y su capacidad de generar encuentros— recupera centralidad, pero ya no opera de manera excluyente. Las plataformas digitales se consolidan como un complemento estratégico: amplían audiencias, permiten sostener la actividad en momentos de crisis y abren nuevas posibilidades de exhibición, venta y archivo. Las galerías se desplazan entre ambos registros, articulando presencia y virtualidad como partes de un mismo dispositivo.

Más que una narrativa de heroicidad, lo que emerge es una ética del trabajo sostenido. La continuidad de las galerías porteñas no se funda en gestos épicos, sino en una persistencia estructural: decisiones cotidianas, adaptaciones constantes y una lectura atenta de las condiciones locales. En esa obstinación crítica, atravesada por el relevo generacional y profundamente situada en su contexto, se juegan algunas de las preguntas más urgentes sobre el futuro del arte argentino. Cómo circular, cómo preservar, cómo producir sentido en un entorno inestable no son solo desafíos económicos, sino problemas culturales de largo alcance. Las galerías, en ese sentido, siguen siendo un espacio donde esas tensiones no se resuelven, pero sí se hacen visibles.

Redacción exibart latam

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