The Blue Room, 1901 Oil on canvas, 50.48 × 61.59 cm. Washington, D.C., The Phillips Collection, acquired in 1927. Photo Courtesy of The Phillips Collection, Washington, D.C. courtesy Succession Picasso 2025
Hasta el 27 de enero de 2026, la muestra en el Musée de l’Orangerie redescubre a Berthe Weill, la galerista que primero creyó en Picasso, Matisse y Valadon, devolviéndole el papel decisivo que tuvo en el nacimiento del arte moderno y en su rol de mecenas.
En el Musée de l’Orangerie, con sus grandes ventanales que dan a los Jardines de las Tullerías y a las Ninfeas de Monet, una muestra vuelve a poner en el centro de la escena a Berthe Weill (1865–1951), figura clave en el nacimiento del arte moderno y, sin embargo, olvidada durante décadas. Pequeña, enérgica, implacable, recorría el París de comienzos de siglo decidida a entrar en el mundo del arte sin padrinos ni medias tintas. En 1901 abrió su galería en la rue Victor-Massé, en pleno Montmartre, cuando el barrio todavía estaba marcado por la lucha por la supervivencia.
Fue la primera mujer en dirigir una galería en París y la primera en vender un cuadro de Pablo Picasso (1881–1973), que por entonces tenía veinte años y era desconocido. Exhibió a los Fauves, apoyando a Henri Matisse (1869–1954), André Derain (1880–1954) y Raoul Dufy (1877–1953), cuando los coleccionistas los consideraban escandalosos, rústicos, “coloristas de circo”. Dió espacio a Maurice Utrillo (1883–1955), que pintaba mientras lidiaba con el alcoholismo y los desequilibrios mentales, y a Suzanne Valadon (1865–1938), la modelo que se volvió pintora, madre de Utrillo y tan rebelde como ella. Weill reconocía en los artistas una urgencia similar a la suya: la necesidad de crear, no para el éxito sino para sobrevivir.
En su galería minúscula y siempre llena, las paredes estaban tapizadas de cuadros fiados, las charlas duraban horas y los amigos prestaban sillas y marcos. Weill no compraba para revender, sino que escuchaba, aconsejaba y defendía las obras. Ese fue su gesto más revolucionario, porque convirtió el oficio de marchand en un acto de participación y de responsabilidad. Su manera de entender el comercio nacía del contacto directo, del riesgo y de la curiosidad. Muchos artistas recordaban que con ella se podía hablar, discutir, e incluso comer un plato caliente si se estaba en apuros. Era un lugar donde el arte todavía no era industria, sino una necesidad cotidiana. Hija de comerciantes de origen judío alsaciano, creció sin privilegios. De joven trabajó en una tienda de antigüedades, donde aprendió a distinguir calidad de falsificación, valor de engaño. Allí también afinó su ojo y su desconfianza. Entró al mundo del arte como autodidacta, movida por la curiosidad y el orgullo. Nunca se casó, cultivó afectos discretos, casi siempre breves y sacrificados por la galería.
Quienes la conocieron hablaban de una mujer rápida, irónica, con voz ronca y filosa, capaz de pasar en un instante de la ternura a la bronca. En 1933 publicó Mémoire d’une galeriste, un texto seco y sin concesiones donde repasaba treinta años de trabajo, traiciones, alegrías y dolores. Allí contó el París que cambiaba, los artistas que se volvían celebridades y los amigos que desaparecían. Durante la ocupación nazi tuvo que cerrar y esconderse, vendió los últimos cuadros para sobrevivir. Después de la guerra reabrió por poco tiempo en la rue de Téhéran, ya casi ciega. Murió en 1951, pobre, mientras los nombres que había sostenido valían fortunas.
La muestra reúne cartas, fotografías y obras que reconstruyen la trama de su vida, la crónica de un montón de descubrimientos y la historia de una larga resistencia frente a quienes la obstaculizaban. Weill no inventó un mercado, sino un método: confiar en la intuición, incluso cuando todos se reían. Berthe Weill no fue una heroína olvidada, sino una piedra fundacional del arte moderno, capaz de entender que a veces basta una habitación, cuatro paredes y un poco de fe para cambiar el destino de las cosas.
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