El orden imposible del mundo, exposición curada por Francisco Lemus en la Fundación Proa, propone una lectura amplia y deliberadamente inestable del arte contemporáneo. Lejos de ofrecer una tesis cerrada, la muestra reúne obras de 26 artistas de distintas generaciones y procedencias para pensar el presente como un territorio atravesado por contradicciones, sistemas frágiles y órdenes siempre provisorios.
Concebida como un recorrido en capas, la exposición articula una curaduría general a cargo de Lemus en las salas inferiores y una sección autónoma en el piso superior, concebida y curada por Diego Bianchi, donde el artista asume además la intervención arquitectónica del espacio. Esta doble estructura no funciona como una división jerárquica, sino como un contrapunto: dos modos de pensar la producción contemporánea que dialogan, se tensan y se responden mutuamente.
El proyecto se apoya en una investigación realizada en colecciones privadas argentinas entre ellas Balanz, Oxenford y Cherñajovsky que han acompañado de manera sostenida la producción contemporánea en el país. Esta decisión no solo amplía el acceso a obras poco vistas en el circuito institucional, sino que introduce una capa adicional de lectura: la del coleccionismo como agente activo en la construcción de relatos sobre el arte actual.
Desde el inicio, la exposición articula dos registros que atraviesan todo el recorrido: por un lado, obras monumentales que reorganizan el espacio, alteran la escala del cuerpo y expanden el campo perceptivo; por otro, piezas realizadas con recursos mínimos, donde materiales precarios y gestos simples concentran una potencia inesperada. Más que oponerse, estos modos de producción conviven y se retroalimentan, planteando una misma pregunta: cómo dar forma a un mundo inestable.
Archivo, tiempo y percepción
El recorrido se inicia con las obras de Martín Legón y Valeska Soares, dos prácticas que dialogan con tradiciones del conceptualismo y el neoconceptualismo latinoamericano, pero desde una sensibilidad afectiva y fenomenológica.
Legón presenta La fenomenología, una instalación compuesta por cajas dispuestas en estanterías abiertas cuyo contenido permanece inaccesible. La obra activa una experiencia mental más que visual: el espectador lee, imagina, proyecta. El archivo deja de ser una garantía de conocimiento para convertirse en un espacio de incertidumbre.
Soares, en cambio, trabaja con la acumulación y el tiempo. A través de agrupaciones de objetos cotidianos y de una obra basada en 365 tapas de libros, una por cada día del año, construye una poética donde la repetición y el desgaste se vuelven formas de medir lo temporal. En ambos casos, el archivo no ordena: desestabiliza.
En la sala principal, la obra A cierta distancia (barreras públicas) de Rivane Neuenschwander estructura el espacio a partir de un sistema de vallados inspirados en señalizaciones urbanas. Estos dispositivos, pensados originalmente para ordenar el tránsito o impedir el paso, rara vez cumplen su función de manera eficaz. Aquí, sin embargo, delimitan recorridos, producen pausas y activan una reflexión sobre el territorio, la circulación y el control.
Este circuito se ve atravesado por las banderas de Juane Odriozola, realizadas con papel de cocina teñido artesanalmente. Símbolo histórico del poder y la identidad nacional, la bandera aparece aquí despojada de monumentalidad. Frágiles, absorbentes, cromáticas, estas piezas desplazan el emblema hacia una lógica de procedimiento, donde el hacer y el resultado coinciden.
Sobre una medianera, Escucha clandestina (2011) de Amalia Pica introduce otra forma de falla: la de los sistemas de comunicación. Vasos de distintos colores y procedencias se alinean a escala humana, evocando el gesto doméstico de intentar escuchar a través de una superficie. La obra insiste en la imposibilidad de una escucha total y en la fragilidad de todo intento de transmisión.
Uno de los núcleos más contundentes de la exposición es The Theater of Disappearance de Adrián Villar Rojas. Tres conjuntos escultóricos provenientes de la instalación presentada en la terraza del Metropolitan Museum of Art en 2017 ingresan aquí al contexto local. Lejos de funcionar como un gesto espectacular, la monumentalidad de la obra se pone al servicio de una reflexión crítica sobre el patrimonio, las jerarquías institucionales y la circulación global de los objetos culturales.
La última sala, concebida y curada por Diego Bianchi, concentra obras realizadas en lo que podría definirse como un “estado de urgencia”. Aquí, papeles, maderas, plásticos, pigmentos y restos industriales se articulan mediante operaciones simples de superposición, sustracción, collage para generar imágenes de fuerte impacto.
Bianchi no solo selecciona obras propias y de otros artistas (Fernanda Gómez, Patricia Aisemberg, Nicanor Aráoz, entre otros), sino que interviene la arquitectura existente, reutilizando estructuras de exposiciones anteriores. La urgencia no es solo temática: es una ética de producción que responde a un tiempo acelerado, precario y cambiante.
El orden imposible del mundo no busca imponer un relato único ni organizar el caos del presente. Su fuerza reside en aceptar la polifonía, la contradicción y la inestabilidad como condiciones productivas. En ese gesto, la exposición no ofrece respuestas, sino que abre un espacio de interrogación donde el arte contemporáneo aparece como una herramienta crítica para pensar, sin ordenar del todo, el mundo que habitamos.