El fallecimiento de Eduardo Rodríguez deja un vacío en la escena del arte argentino. Su obra, atravesada por experimentos lumínicos, materiales inesperados y una curiosidad persistente, consolidó un capítulo fundamental del arte cinético local. Su compañera de vida y de trabajo, la artista Perla Benveniste, comparte también este duelo que resuena en toda la comunidad artística.
Rodríguez creció y se formó en Buenos Aires, pero desde sus primeras búsquedas ya había algo que lo distanciaba del gesto tradicional de la pintura. Le interesaba cómo vibraba la superficie, cómo la luz alteraba la forma, qué sucedía cuando el ojo no encontraba reposo.
En los sesenta presentó obras donde fragmentos metálicos producían destellos y deformaciones ópticas. No era solo un efecto visual. Era una pregunta sobre el modo en que miramos, sobre la fragilidad de la percepción, sobre el movimiento como lenguaje.
La llegada de materiales plásticos como el acrílico y el poliéster lo llevó aún más lejos. Mientras muchos artistas todavía discutían el estatuto del objeto artístico, Rodríguez ya se movía entre transparencias, reflejos y capas que parecían respirar.
Su estadía en París a fines de los sesenta lo situó dentro de uno de los nodos experimentales más fértiles de la época. Allí convivió con debates sobre participación, óptica, luz y repetición.
Julio Le Parc fue una figura cercana, pero la amistad no anuló su independencia. Rodríguez absorbió la energía del GRAV, no su estilo. Se llevó de París una certeza: la obra no debía ser estable, debía transformarse con quien la mira.
Ya de regreso en Argentina, comenzó a construir sus cajas lumínicas. Son piezas donde el color parece flotar, donde la transparencia funciona como membrana y donde el movimiento es parte del ADN de la obra.
Esa etapa consolidó su lenguaje. El cinetismo, en su caso, no operaba como truco óptico sino como forma de pensamiento: qué significa mover una imagen, qué espacio se abre cuando la obra deja de existir como superficie fija.
En los años ochenta su trabajo viró hacia las esculturas de acrílico moldeado. Materiales que podrían asociarse a la fría pulcritud industrial se volvieron en sus manos casi orgánicos. Curvaturas, torsiones, tallas que atrapaban la luz como si fuera un líquido.
En ese proceso también creció su diálogo artístico con Perla Benveniste. No era un intercambio programático. Era una conversación cotidiana entre dos personas que pensaban, discutían y sentían la obra desde lugares distintos pero complementarios. Exhibiciones conjuntas a lo largo de los años lo hicieron visible.
Este año, el Bellas Artes exhibió Benveniste/Rodríguez. Percepción e ilusión, una muestra que reunió piezas tempranas, esculturas recientes y sus característicos luminomóviles. La exhibición se sintió como una celebración. No solo de dos artistas, sino del intercambio entre sus miradas.
Allí quedó claro lo que su obra propone. La percepción no es un acto pasivo, la ilusión es parte de la verdad visual, lo que vibra frente al ojo también vibra en quien mira.
Eduardo Rodríguez deja una obra que no envejece porque no depende de tendencias ni narrativas específicas. Trabajó sobre principios elementales como luz, color, espacio, tiempo. Su producción late porque siempre estuvo orientada al futuro.
Hoy su partida convoca a mirar hacia lo que dejó encendido. Una obra que aún se mueve, que aún sorprende, que aún exige una mirada atenta. Una obra que, como la luz, nunca termina de fijarse.
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