Hacia la Bienal de Venecia es un ciclo de entrevistas con artistas y curadores latinoamericanos que presentarán sus proyectos en la 61ª edición de la Bienal de Venecia. A través de estas conversaciones se analizan el origen y desarrollo de las propuestas, así como los desafíos conceptuales y técnicos que atraviesan en su proceso de producción y presentación. El ciclo también investiga las dinámicas de selección y financiación que hacen posible la participación nacional en la Bienal, con el objetivo de estudiar las especificidades de cada pabellón y las políticas de apoyo que sostienen estas representaciones. De este modo, se propone una cartografía crítica de los distintos modelos institucionales latinoamericanos y de las condiciones estructurales que configuran su presencia en el contexto internacional.
En esta ocasión conversamos con Sara Flores, artista que presentará su proyecto en junto a Issela Ccoyllo y Matteo Norzi, responsables de la curaduría del Pabellón de Perú en la 61ª Bienal de Venecia.
El proyecto, titulado ‘De otros mundos‘, toma como eje el kené, sistema de diseño del pueblo Shipibo-Konibo que Flores lleva a una dimensión contemporánea de gran potencia conceptual y política.
A través de su obra, la artista propone un diálogo entre conocimiento ancestral y futuro sostenible, conectando distintas formas de vida en una misma red e invitando al espectador a adentrarse en una cosmovisión donde todo está interrelacionado.
¿Podrías contarnos en qué consiste el proyecto que presentás este año en la Bienal de Venecia, adelantándonos algo de su materialidad? ¿Cuál es su origen y cuáles los principales desafíos conceptuales y técnicos en su desarrollo?
Sara Flores: Este reconocimiento es para todo mi pueblo. Mi arte es una expresión de nuestras tradiciones y también de nuestra lucha por ser vistos y respetados. Aunque mi nombre esté en la exhibición, detrás de cada pieza está la historia y el espíritu de mi comunidad. El kené es un conocimiento que ha sido transmitido de generación en generación por las mujeres shipibas. Yo solo continúo ese camino, con mis hijas y nietas, llevando adelante una práctica que pertenece a todo un pueblo. Ahora, cada vez que veo mis textiles expuestos en una galería o un museo, siento que no viajo sola: mi gente viaja conmigo, mis padres, nuestras tradiciones y nuestros bosques también. Es motivo de orgullo, pero también de gran responsabilidad, porque como tita del pueblo Shipibo-Konibo, debo hablar de dónde venimos y qué está en riesgo en nuestra tierra. Y la verdad es que nunca me ha gustado hablar en público.
El arte es algo universal, con el poder de conectar con personas aun si no hablan tu mismo idioma. Cuando mi trabajo viaja, puede que la gente lo interprete de diferentes maneras, pero lo esencial siempre permanece. Lo que valoro es que las personas reconozcan la conexión profunda que tenemos entre nosotros, con el otro, y con los seres espirituales. El kené es un lenguaje visual que nos une y que nos recuerda quiénes somos. Aunque las obras estén lejos de la Amazonía, siguen llevando consigo la memoria del territorio y de las plantas. Por eso yo utilizo solo tintes naturales, arcilla extraída respetuosamente del agua, con los cuales pinto sobre el lienzo crudo.
¿Podrían profundizar en las implicaciones de presentar, en el marco de la Bienal de Venecia, un proyecto basado en los saberes ancestrales del pueblo shipibo-konibo? En ese sentido, ¿cómo piensan la reivindicación de estas formas de conocimiento situadas dentro de un contexto global como el de la Bienal, y cómo se puede evitar que sean leídas desde una mirada exotizante?
Issela Ccoyllo: A través de la obra de Sara Flores podemos acercarnos al complejo entramado vital y prácticas vigentes del conocimiento indígena. Podemos escuchar los saberes ancestrales del pueblo Shipibo-Konibo, aunque no llevemos, como tal, al espacio de exhibición cada uno de esos lugares donde se activan estos saberes y encuentros entre mundos: el bosque, el río, la chacra, la casa de Sara y su familia.
La invitación de Koyo Kouoh a escuchar esos silencios que resuenan, es precisamente el gran marco con el cual exhorta al visitante a desplazarse y escuchar a quienes no hemos atendido durante todo este tiempo. Por su parte Sara Flores, nos desafía a ver el mundo de otra manera, a reimaginarlo a través de sus patrones kené. El kené de Sara Flores está acompañado de una declaración política mucho más amplia, vinculada al Buen Vivir y al conocimiento de las plantas, entre otros seres no humanos con quienes también se puede comunicar. Por nuestra parte, como curadores mediadores acompañamos a la artista y líder indígena desde un espacio simbólico del arte global para amplificar su voz y la escucha de sus visiones del mundo que trae consigo sueños individuales y colectivos que Sara ha decidido compartir a través de su kené. Es nuestra convicción que su obra es un potente referente del pensamiento mediombiental contemporáneo.
Además de destacar su rol transmisor en línea femenina hacia las nuevas generaciones, se trata de poner en contexto el trabajo de Sara como pintora, en una plataforma que históricamente ha reconocido y celebrado la obra de artistas cuyas propuestas dialogan extendidamente con el canon occidental, impidiendo diálogos con prácticas artísticas que siempre existieron pero que ha faltado reconocer y acompañar con el respeto y dignidad que merece todo artista. Hacerlo ahora desde el escenario de la Bienal de Venecia, es una oportunidad para generar esos diálogos.
Como artista, maestra del kené y líder indígena, Sara Flores es una embajadora del pueblo Shipibo y hoy su voz puede ser escuchada desde un espacio del arte global. Está muy bien que reconozcamos su trabajo como una extraordinaria artista, podemos ahora también interesarnos en la persona que es y preguntarnos por el pueblo que representa y en qué condiciones habita el mundo, siendo que históricamente ha experimentado la violencia de un extractivismo desmedido.
Matteo Norzi: Al borde del colapso ecológico planetario, y frente a la evidente dificultad de los Estados nación y de sus políticas tanto de izquierda como de derecha, para articular una respuesta efectiva, la cosmovisión y el arte de los pueblos originarios se convierten de repente en algo necesario (si no, salvífico) y, por ello, contemporáneo. En el caso del trabajo de Sara Flores, esto no ocurre mediante la adopción de los medios o lenguajes del otro, sino a través de una adhesión firme a sus propios términos.

¿Cómo dialoga el proyecto con los lineamientos curatoriales trazados por Koyo Kouoh?¿Encontrás puntos de convergencia conceptual o tensiones productivas entre ambas propuestas?
MN: Cuando leímos el texto curatorial de In Minor Keys, sentimos una profunda resonancia con el mundo del cual emerge el trabajo de Sara Flores. El concepto de la exposición habla de cambiar “a una marcha más lenta y sintonizar… las armonías de quienes reparan heridas y mundos”. El kené es precisamente eso: una práctica de reparación. Es una medicina visual transmitida por las mujeres, una forma de restaurar el equilibrio entre cuerpo, espíritu, comunidad y bosque. En un territorio marcado por el extractivismo y la violencia ecológica, continuar pintando kené con tintes naturales es ya una forma de resistencia territorial. Koyo también describe “ecosistemas inagotablemente ricos, vidas sociales articuladas dentro de formas políticas mucho más amplias y de apuestas ecológicas”, y evoca “un archipiélago de oasis… universos íntimos y conviviales que refrescan y sostienen incluso en tiempos terribles”. Las comunidades en la región de Ucayali viven dentro de esas presiones políticas más amplias: la tala, la minería, los monocultivos, incluidos los de palma aceitera y coca. Sin embargo, dentro de ellas Sara Flores y sus paisanos sostienen universos íntimos —huertos, espacios comunales, ceremonias, talleres— donde el conocimiento circula y la vida se renueva. Las pinturas de Sara Flores llevan consigo ese pensamiento ecosistémico y relacional. La exposición invita a “escuchar las señales persistentes de la tierra y de la vida, conectando con las frecuencias del alma”. El kené se origina precisamente en ese acto de escucha. Los diseños se reciben a través de visiones, sueños, de las plantas maestras, de “un mundo silencioso pero resonante”.
SF: Nos impresionó particularmente el énfasis en “prácticas artísticas que abren portales”. En nuestra tradición, el kené es exactamente eso: un portal entre los reinos visibles e invisibles. Koyo también mencionó del animismo y de “una reconexión radical con el hábitat natural del arte”. Para mi pueblo, el arte nunca ha estado separado de la vida. El diseño está integrado en la cerámica, los textiles, la vestimenta y los cuerpos.
MN: También es significativo que la única otra artista peruana incluida en la exposición principal de In Minor Keys sea Celia Vásquez Yui, quien también es shipibo, amiga de Sara Flores, y parte del colectivo del Shipibo Conibo Center. Esta convergencia demuestra que la selección de “De otros mundos” para representar al Perú no es accidental, sino profundamente pertinente. Señala que lo que alguna vez pudo haber sido considerado un conocimiento periférico o “menor” ahora es reconocido como central para las preguntas de nuestro tiempo. La presencia de dos artistas shipibo en este contexto afirma que la cosmovisión política shipibo, su entendimiento espiritual de la ecología y su forma relacional de entender el mundo son plenamente contemporáneos.
¿Cómo funciona en Perú el proceso de selección del pabellón nacional para la Bienal de Venecia? ¿Se realiza a través de una convocatoria abierta o por invitación directa?
IC: La selección del pabellón nacional se realiza mediante convocatoria abierta a nivel nacional, a través de un concurso curatorial. La convocatoria está a cargo del Patronato Cultural del Perú (PACUPE), organización privada sin fines de lucro responsable del Pabellón Peruano tanto para la Bienal de Arte como para la Bienal de Arquitectura en Venecia. PACUPE convoca a instituciones estatales, privadas y organizaciones de la sociedad civil para que envíen un representante que haga la labor de Jurado. Cada institución sigue su propio proceso interno para nombrar a un representante. Esta participación de la institucionalidad artística involucra al Ministerio de Cultura del Perú, así como a Museos y escuelas de arte.
El proceso de trabajo del Jurado se realiza en tres etapas. Una primera fase es la lectura, de forma individual, de todos los proyectos curatoriales, los cuales se evalúan en base a los criterios indicados en las bases del concurso, que son públicas. La segunda etapa es la elección de las propuestas finalistas por parte del Jurado con base a sus respectivas evaluaciones. Esta se realiza mediante una reunión presencial. La tercera y última etapa del proceso es la presentación de los equipos curatoriales finalistas ante el Jurado reunido presencialmente. Es el momento en que cada equipo tiene la oportunidad de sustentar sus propuestas y responder a las preguntas del Jurado. Con ello, mediante votación por mayoría, se realiza la elección del proyecto curatorial para el Pabellón Peruano.
¿Existe un apoyo estatal en términos económicos y logísticos que respalde la participación nacional en la Bienal de Venecia? ¿Cómo se estructura ese acompañamiento institucional?
IC: El apoyo estatal en algunos años es más nominal, como, por ejemplo, del Ministerio de Cultura que acompaña como observador el proceso de selección del proyecto curatorial para el Pabellón Peruano.
La gestión en la parte de producción tanto en Venecia como en Lima, clave para desarrollar la propuesta curatorial, lo vemos con el Patronato Cultural del Perú. De esta manera, trabajamos paralelamente con diversos equipos de especialistas para cuidar cada detalle de la presentación en el Pabellón Peruano.

¿El pabellón está abierto a artistas de nacionalidad peruana que residan en el exterior? ¿Cuáles son las condiciones de participación en ese sentido?
IC: Sí, pueden participar artistas nacionales que residan fuera del país. Las condiciones son las mismas que para cualquier artista que vive en el Perú. Los curadores u otros miembros del equipo curatorial pueden ser extranjeros, pero los artistas y arquitectos principales para las Bienales de Arte y de Arquitectura, respectivamente, deben contar con nacionalidad peruana.
En un momento en que se cuestionan cada vez más las lógicas centro-periferia y las nociones tradicionales de representación nacional, y considerando las tensiones históricas entre los Estados-nación modernos y los pueblos indígenas en América Latina, ¿cómo piensan el formato del pabellón nacional en la Bienal de Venecia? ¿Sigue siendo una herramienta válida para reflejar la complejidad y diversidad de la escena artística, o requiere ser repensado para abrir espacio a voces y conocimientos históricamente marginalizados?
IC: Pienso en el Pabellón Peruano como una plataforma para entablar diálogos globales, especialmente con prácticas artísticas que puedan abrir nuevas perspectivas sobre experiencias culturales periféricas. Significa una oportunidad excepcional para generar reflexiones en torno a qué están haciendo los artistas contemporáneos peruanos. Sobre todo, qué están haciendo los artistas más allá de Lima. Que la obra de Sara Flores represente al Perú, pone en evidencia una larga trayectoria no reconocida hasta hace poco en su propio país, impidiendo diálogos que amplifiquen nuestras concepciones sobre el arte contemporáneo.
Perú cuenta con un Pabellón en la Bienal de Venecia desde hace diez años (gracias a la gestión privada), pero la Bienal viene realizándose desde hace más de 100 años. En más de un siglo, el arte peruano ha permanecido al margen de este encuentro internacional que es hoy uno de los referentes globales del arte contemporáneo. Si bien hubieron contadas participaciones nacionales, estas fueron más por voluntad y entusiasmo de los propios artistas que respondieron a invitaciones directas sin contar con acompañamiento institucional, sea estatal o privada.
Esta ausencia de formalidad originaba que cada artista fuera por sus propios medios y, al no contar con un pabellón propio, la exhibición se realizaba en espacios externos y lejanos a las sedes donde se presentaba la Bienal, y por tanto, con menor posibilidad de que más público llegara a verla. Los propios artistas ex bienalistas que tuvieron la oportunidad de participar cuando el Perú no contaba con un Pabellón nacional, compartieron sus experiencias recientemente en un foro organizado por el Patronato Cultural del Perú, con motivo de los 10 años del Pabellón Peruano en la Bienal de Venecia.
Las exhibiciones llevadas al Pabellón Peruano permiten entender la complejidad y diversidad de nuestras prácticas artísticas contemporáneas. Contar hoy con un pabellón propio y con una presencia constante en el contexto internacional, permite pensar proyectos que generen diálogos entre el arte más próximo al canon occidental y el arte de los pueblos indígenas, por largo tiempo postergados, siendo que ha faltado reconocer, integrar, acompañar. Y con ello, entender también las diversas formas de violencia que afecta a sus territorios y vida cotidiana, pero que aparecen distantes para grandes sectores de la población.
¿Cuáles son tus expectativas en relación con la participación en la Bienal de Venecia y cuáles tus proyectos futuros?
SF: Llevar el kené a la Bienal de Venecia es como llevar una parte de mi hogar a una gran vitrina mundial. Es un honor y una gran responsabilidad, siendo yo la primera artista indígena invitada a representar el país. Siento que el mundo tiene la oportunidad de conocer una importante expresión de la pluralidad cultural y la cosmovisión del pueblo shipibo-konibo. El kené no solo es arte, es nuestra costumbre, nuestra identidad y nuestra declaración de pertenencia a la naturaleza, un mundo donde estamos todos interconectados. Al mismo tiempo, la voluntad de inclusión implícita en este reconocimiento no borra la larga historia de exclusión que han vivido los pueblos indígenas. Espero que pueda ser un primer paso para que nuestras voces y conocimientos sean escuchados con mayor respeto, en los espacios del arte, en las calles, y en el congreso.
Quiero compartir un mensaje de resistencia. Que los pueblos indígenas todavía existen, que nuestra cultura está viva, y que nuestras expresiones artísticas son contemporáneas. En el Perú todavía falta mucho por hacer para que se valore nuestro arte como se merece. Para mí, el reconocimiento ha llegado primero desde el extranjero. La exposición en el MALI del año pasado ocurrió porque, con mi equipo, la hemos buscado con determinación. Dicho eso, la experiencia indígena en el país todavía está marcada por discriminación y continua apropiación cultural. Espero que mi trayectoria pueda servir para abrir puertas a otros y contribuir al cambio. Nosotras seguiremos pintando con amor, con nuestras tinturas naturales, con los saberes de nuestras madres y abuelas. Para que este arte pueda seguir reinventándose a través de nuestras manos y con las futuras generaciones.

Pabellón de Perú
Sara Flores. ‘From Other Worlds’
Comisariado: Armando Andrade
Curadurías: Issela Ccoyllo, Matteo Norzi
Exponen: Sara Flores
Sede: Arsenale
Sara Flores (Perú, 1950) vive y trabaja en la Amazonía peruana y es miembro del pueblo indígena Shipibo-Konibo. Inició su formación artística a los catorce años, en un contexto ritual bajo la guía de su madre, y continúa hoy una tradición matrilineal junto a sus hijas y nietas. En 1976 cofundó la primera cooperativa de mujeres artistas de su comunidad y es cofundadora de Bakish Mai Multiversity, una institución dedicada a la transmisión de conocimientos indígenas. Su obra ha sido exhibida en el Museo de Arte de Lima, White Cube y CLEARING, entre otros espacios, y forma parte de colecciones como el Guggenheim Museum, Tate y el Metropolitan Museum of Art.
Issela Ccoyllo es historiadora del arte (UNMSM) y curadora independiente. Su investigación se centra en el arte crítico y su relación con los procesos de ciudadanía en la Lima migrante, las representaciones de género y los imaginarios de la cultura visual. Es coautora de Inteligencia salvaje: la contraesfera pública 1979–2019 y ha curado proyectos como Tabla Apaykuy y Nadie sale vivo de aquí. Herbert Rodríguez: cuatro décadas de insolencia visual. Su trabajo articula prácticas interdisciplinarias vinculadas a la cultura visual, el conocimiento indígena y los nuevos medios.
Matteo Norzi es artista, diseñador, cineasta y activista por los derechos indígenas. Su práctica explora cruces entre arte, territorio y cultura, a partir de investigaciones y viajes en distintos contextos globales. Ha exhibido internacionalmente como parte del dúo Isola & Norzi en instituciones como Artists Space, GAM Torino y Museion. Dirigió el largometraje Icaros: A Vision, presentado en el Festival de Tribeca, y actualmente es fundador y director ejecutivo del Shipibo Conibo Center.
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