Pablo Cavallo, "Bases", 2025. Cortesía del artista
Hace años que vengo viendo las pinturas de Pablo cambiando de lugar en su taller. Las vi acomodadas de mil maneras, apiladas, enfrentadas, de espaldas, vimos todos los displays posibles de estas pinturas y de muchas otras que no entraron en esta selección. Vi muchas versiones de esta muestra antes de que existiera esta muestra. Entonces descartemos de entrada la posibilidad de la objetividad, o del efecto sorpresa, o de una posible primera impresión, porque son, de vuelta, pinturas que vi reiteradas veces. Voy a aprovechar esta familiaridad con las obras para intentar pensar las operaciones que se despliegan en Un instante de peligro.
En la escena inicial de 2001: Odisea del espacio, un hueso lanzado al aire se transforma, por un corte de montaje, en un satélite millones de años después. Dos imágenes distantes quedan unidas sin mediaciones. Algo de esa lógica siento que organiza esta muestra. La curaduría de Agustín Fernandez propone una correspondencia entre pinturas que llegan a la imagen por procedimientos muy distintos. Por un lado están las pinturas del universo, que son copias de fotografías. Pablo ya viene trabajando hace años con fotos y fotogramas, buscando las posibilidades de la materia para reinterpretar el ruido propio del dispositivo técnico que capturó esa imagen en una primera instancia. En sus pinturas de videos de los años ochenta subidos a YouTube, ya aparecía esa superposición de mediaciones técnicas: la deformación intermitente del VHS y la compresión propia del video digital. Al traducir esas imágenes al óleo, Pablo suma una tercera capa, que no pertenece ni a la fotografía ni a la pantalla. Aparecen opacidades y brillos que son propios de la materia, rastros del pincel, del movimiento de la mano, manchones más oleosos que reflejan la luz de otro modo. Es también el ruido de lo artesanal.
En la muestra hay otras pinturas que no son copias de fotos sino imágenes sintetizadas en la mente. Cuando Pablo las empieza no sabe cómo van a ser cuando las termine, ni sabe qué significará terminarlas. Son de construcción más lenta, él las llama pinturas de larga exposición, curiosamente las piensa como el lente de una cámara, con obturación. No me sorprende que Pablo piense en lo maquínico, que se pregunte cómo sería pintar como una máquina, que es otra forma de pensar en la pintura, de hacerle preguntas sobre qué es lo humano a la pintura.
Ahora bien, ¿qué hay en esta constelación específica? ¿Qué se arma, en ese conjunto de imágenes del universo, imágenes de un choque y la ley bases, un satélite, un zorro fragmentado y unas alas de palomas? Hay algunas pocas imágenes mundanas, o de un universo más cercano, entre todas las otras que son lejanas, en tiempo y en espacio. Las del universo nos conducen inevitablemente a pensar en el origen de la vida, son la prueba de la insignificancia humana. Como si hubiera que recorrer una distancia temporal y espacial imposible para poder volver a sentir los pies en la tierra, como si hubiera que pensarse a años luz o tener al menos presente esa dimensión para volver a poder pensarse acá, en Argentina, recorriendo una ruta nacional desierta o mirando el noticiero. Una inconmensurabilidad fuera de nuestra existencia objetiva en la tierra, una distancia no recorrible que se va del tiempo humano, que el cuerpo no puede asir. La pregunta por lo humano, no aparece formulada de manera grandilocuente ni pretenciosa. Surge, casi con modestia, al seguir el recorrido de las obras, mientras nos conducen a pensar cuánto tiempo se condensa en una foto, cuánto se demora una pintura, cómo nos llegan esas imágenes. Lo que excede a la vida humana, lo que se escapa al control, lo que se va de las manos, un puñado de peligros de diversa índole puestos todos en la misma bolsa, ¿eso sería ser humanx hoy? Como en toda muestra que piensa por montaje, es el conjunto de pinturas el que despliega las preguntas.
En la planta subdividida de Casa Belgrado, las pinturas no están colgadas en las paredes sino que las vemos suspendidas en el aire por dos cables de acero, que tensados y paralelos recorren la sala formando diagonales. Las pinturas resisten estoicas el embiste de la gravedad, como congeladas, y la tensión pasa a ser condición física de expectación de las obras. Lo que estaba suspendido en el tiempo aparece también suspendido en el espacio. Un poco como lo que hace el trauma, que aísla y loopea. El montaje despliega una secuencia pero sin el afán de organizar una narrativa lineal, deja a las pinturas como nodos interconectados, como restos que quedan orbitando unos alrededor de otros. La suspensión parece replicar también algo del peligro, haciendo que éste se cristalice en la sala. Un gradiente de peligro que va del fin del mundo al cable que podría soltarse en cualquier momento, al estilo de Destino Final. Ese montaje encuentra un espejo en la hoja de sala diseñada por Maia Cosin, donde las diagonales del espacio reaparecen en los pliegues del papel y en la disposición del texto. La tensión que organiza las pinturas termina por extenderse también a la lectura del texto de Agustín, en una última capa de traducción.
“Un instante de peligro”, exposición de Pablo Cavallo con curaduría de Agustín Fernández en Casa Belgrado (Buenos Aires). Del 11 de julio al 1 de agosto de 2026.
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