Planket Stockholm, agosto de 2026, fotografía: Francesca Magnani
En 2018, en el Williamsburg Bridge de Nueva York, conocí a los fotógrafos Bengt Gustafsson y Björn Björnsson. Fue un encuentro casual, nacido en el espacio abierto de la ciudad y de una atención compartida hacia la fotografía como forma de observación y de relación. Años después, aquel primer contacto se transformó en la oportunidad de presentar mi trabajo en Planket Stockholm, en una semana repleta de actividades culturales en la ciudad de la que hablamos aquí. En Estocolmo, en efecto, existe un festival fotográfico que, más que ocupar un espacio expositivo, lo reinventa. Desde 1982, el evento transforma la valla roja que bordea Vitabergsparken, en el barrio de Södermalm, en una galería fotográfica al aire libre. Las imágenes se cuelgan a lo largo de Lilla Mejtens gränd y Malmgårdsvägen, en un recorrido urbano de acceso gratuito que el público puede atravesar directamente.
La idea nació del fotógrafo neoyorquino Neil Goldstein, quien llegó a Suecia a finales de los años sesenta. Goldstein había visto las exposiciones al aire libre de Washington Square Park. En Estocolmo intuyó que aquel largo «plank», la valla roja de madera, podía convertirse en el soporte de una exposición colectiva y democrática.
Con Irene Berggren, Lars Hall, Bror Karlsson, Gunnar Smoliansky y Rebecka Tarschys organizó la primera edición en 1982. La regla era sencilla: a cada participante se le asignaba aproximadamente un metro de valla sobre el cual exponer sus imágenes. Ninguna jerarquía rígida, ninguna separación entre profesionales y aficionados, ninguna entrada. Un formato esencial, pero capaz de poner en discusión las costumbres de la exposición fotográfica.
La valla que da identidad a Planket está pintada con el característico Falu rödfärg, el rojo de Falun, un pigmento tradicional sueco obtenido como subproducto de la extracción de cobre. La pintura, compuesta principalmente por óxido de hierro, sílice y compuestos de cobre y zinc, se mezcla tradicionalmente con agua, harina de centeno, aceite de linaza y silicatos.
Su uso se remonta al siglo XVI. En 1573, el rey ordenó que los techos del castillo de Estocolmo fueran pintados con aquel pigmento para imitar el aspecto de los edificios de ladrillos rojos que entonces eran apreciados por las cortes europeas. Inicialmente asociado a los castillos y las residencias aristocráticas, el rojo de Falun se volvió accesible para una parte más amplia de la población en el siglo XVIII, cuando la producción de la mina se industrializó. El color también tenía una función práctica. La presencia de cobre y hierro contribuía a proteger la madera de la humedad, los hongos y las condiciones climáticas nórdicas. A lo largo del siglo XIX, con la mejora de las condiciones económicas, las casas, los graneros y las cercas pintadas de rojo se extendieron por toda Suecia, hasta convertirse en una de las imágenes más reconocibles del paisaje nacional.
Todavía hoy el Falu rödfärg se produce siguiendo una receta tradicional. La mina de Falun, de donde proviene el pigmento, es Patrimonio Mundial de la UNESCO. La valla de Vitabergsparken, realizada en abeto sueco y tratada con el producto original, se convierte así en algo más que un simple soporte: es un elemento histórico y material de la identidad del festival.
Según los organizadores, el festival fotográfico atrae cada año entre 10 mil y 20 mil visitantes; estimaciones más recientes hablan de unas 25 mil personas durante los dos días principales. Exponen alrededor de 300 fotógrafos: autores consagrados, estudiantes, aficionados y profesionales comparten el mismo soporte y el mismo espacio urbano. A lo largo de la valla se alternan retratos, reportajes, proyectos documentales, series conceptuales e imágenes de calle.
Exponer en este contexto, llevando allí el proyecto “El puente azul”, que en sueco se convirtió en “Den blå bron”, adquirió para mí un significado particular: volver idealmente a aquel puente neoyorquino donde había comenzado una relación y reencontrar, en la dimensión pública y participativa del festival, el mismo espíritu de apertura, curiosidad y compartir, con una conexión ideal entre ciudades, culturas y lenguas.
Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com
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