Judy Chicago, The Dinner Party
Hay un hilo conductor, tenso y nítido, que atraviesa las salas del Brooklyn Museum de Nueva York. Es una línea que une el bordado histórico, la arcilla moldeada para reivindicar la autodeterminación del cuerpo y los pequeños gestos de desobediencia que marcan la vida cotidiana. Explorar la programación de este espacio significa enfrentarse a un proyecto expositivo declaradamente político, donde el arte visual se convierte en una herramienta de emancipación y las narrativas históricas hegemónicas son analizadas, desmontadas y reescritas. El Brooklyn Museum se confirma como un epicentro de resistencia cultural, capaz de transformar la institución museística de simple contenedor del pasado en un laboratorio crítico del presente.
El núcleo de esta visión tiene una sede precisa: el Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art. No se puede comprender la dirección del centro sin partir de The Dinner Party de Judy Chicago, piedra angular del arte de los años setenta y dispositivo radical capaz de generar una nueva genealogía cultural. La obra se presenta como un monumental banquete ceremonial organizado sobre una mesa triangular con treinta y nueve lugares. Cada uno de ellos conmemora a una figura femenina crucial de la historia, a menudo eliminada o marginada de los relatos oficiales.
Cada detalle de la instalación recupera técnicas y lenguajes precisos. Los manteles bordados elevan prácticas artesanales históricamente relegadas a la esfera doméstica al rango de arte complejo. Las copas y utensilios dorados restituyen solemnidad a las invitadas, mientras que los platos de porcelana pintados a mano muestran motivos centrales en relieve que fusionan formas vulvares y mariposas, declinados según el estilo de la época de cada mujer homenajeada. Debajo de la mesa, el suelo de baldosas blancas lleva grabados en oro los nombres de otras novecientas noventa y nueve mujeres, estructurando una genealogía colectiva que dialoga con las exposiciones temporales de la Herstory Gallery. Es un monumento visual construido contra la amnesia histórica.
Desde la solemnidad de Judy Chicago, el recorrido se desplaza hacia la dimensión micro-política con la muestra Everyday Rebellions: Collection Conversations. La exposición, también curada dentro del Sackler Center, se inspira en un ensayo de Gloria Steinem para demostrar cómo la resistencia no se expresa únicamente a través de grandes acciones programáticas, sino también mediante gestos mínimos, sutiles y personales que redefinen la cotidianeidad. La estrategia curatorial pone en diálogo nuevas adquisiciones y objetos raramente expuestos de la colección permanente, desmantelando fronteras geográficas y temporales.
Las asociaciones en sala funcionan a través de cortocircuitos visuales. Los imponentes vestidos de terciopelo en cascada de Beverly Semmes, ligados al concepto de presencia y armonía del cuerpo femenino, dialogan con las instalaciones escultóricas de Sarah Sze, centradas en la fragilidad de la materia y del tiempo. Particularmente denso es el diálogo entre la obra Natural Idiot Strings de la artista indígena Sonya Kelliher-Combs y un parka de intestino de foca de comienzos del siglo XX, un encuentro que abre una reflexión transgeneracional sobre el trabajo creativo y de cuidado de las mujeres de las comunidades Iñupiaq y Athabascan. Poco más allá, la sátira de la escultura Three Walkers de Nicole Eisenman enfrenta directamente el drama histórico de Los burgueses de Calais de Auguste Rodin, contraponiendo la retórica clásica del sacrificio heroico a la ironía desencantada de la protesta contemporánea.
Esta urgencia por verificar la solidez de los códigos democráticos y de la memoria colectiva se extiende a escala nacional en la Beaux-Arts Court, en el tercer piso del museo, con la exposición Common Sense. Curada por Catherine Morris y Kimberli Gant, la muestra hace reaccionar el pasado de Estados Unidos con las tensiones del presente. El punto de partida es histórico y textual: los panfletos revolucionarios de Thomas Paine de 1776, escritos capaces de redefinir el horizonte político de los colonos y de impulsar el camino hacia la independencia.
Hoy, en una fase de profunda polarización social, la muestra utiliza el arte contemporáneo como herramienta de análisis y estímulo crítico. Los documentos históricos de Paine se asocian con nueve obras contemporáneas centradas en la posibilidad de repensar las estructuras sociales. Los trabajos de Paul Ramírez Jonas, Charles Gaines y Jason Kao Hwang analizan cómo la dimensión comunitaria y la música pueden reforzar los principios democráticos. Al mismo tiempo, las visiones de Öyvind Fahlström, Joyce Kozloff, Hank Willis Thomas y Kara Walker reinterpretan los episodios clave de la historia estadounidense, registrando sus progresos y traumas. Completando el recorrido, las nuevas intervenciones textuales de Donald Moffett y Maynard Monrow utilizan la gráfica para enviar un mensaje directo sobre el momento político actual: la responsabilidad y el poder de decisión pertenecen a la colectividad.
Esta compleja programación anticipa una temporada otoñal que confirma el eclecticismo metodológico del Brooklyn Museum. A comienzos de octubre, el museo cambiará radicalmente sus escenarios de referencia con dos aperturas consecutivas. El 2 de octubre inaugurará Cézanne to Modigliani: Gifts of Modern Art from the Pearlman Collection, una investigación sobre las obras maestras del modernismo europeo. Al día siguiente, el 3 de octubre, abrirá Art of Manga, una exposición que analiza el impacto cultural, la gramática visual y el desarrollo histórico del cómic japonés.
Pasar de la pintura que refundó la visión occidental a la cultura pop asiática no es un simple recurso para diversificar el público. Esta fluidez programática revela un enfoque crítico preciso: la institución rechaza las barreras rígidas entre alta cultura y cultura de masas. El Brooklyn Museum sugiere que el arte, para mantener una función civil y analítica, debe moverse en el límite entre géneros y lenguajes.
Un plato de porcelana que reivindica la iconografía del cuerpo, un objeto tradicional de piel de foca, un texto político del siglo XVIII y una página de manga comparten, en el fondo, la misma necesidad: cuestionar el orden establecido de las cosas y redefinir los criterios con los que decidimos qué merece ser contado.
Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com
Era post-boom, edificios museísticos monumentales y una mirada cada vez más orientada hacia su propia…
Spatial Poems, la exposición presentada en MASS MoCA y desarrollada por Marissa Del Toro junto…
En Net-traps and wrist flicks, el artista peruano Gabriel Acevedo Velarde continúa una investigación…
Los recientes resultados de tres artistas bajo el martillo se convierten en una ocasión para…
Con la sentencia OZMO, el tribunal reconoce definitivamente al Street Art como un valor cultural:…
La creación de la Red Iberoamericana de Educación Artística y Cultural, marca un nuevo intento…