Julio Le Parc, "Screen with Reflective Blades", vista de la instalación. Fotografía: Owen Harvey. Cortesía de Tate Modern.
La retrospectiva que Tate Modern, en Londres, dedica a Julio Le Parc adquirió una nueva lectura pocos días después de su inauguración. El 14 de junio de 2026, apenas tres días después de la apertura de Light. Colour. Action., el artista argentino falleció a los 97 años. Concebida junto a él, la exposición quedó inevitablemente ligada a ese momento y permite recorrer un legado construido durante más de siete décadas, sostenido por una experimentación constante hasta el final de su vida.
La muestra reúne instalaciones, esculturas lumínicas, móviles, pinturas y trabajos sobre papel realizados desde finales de la década de 1950 hasta los años recientes. En conjunto, las obras revelan la continuidad de un lenguaje que encontró en la luz, el color, el movimiento y la participación sus principales herramientas. Cada pieza invita al espectador a recorrer, activar y transformar el espacio; la percepción cambia con cada desplazamiento y cada recorrido modifica la experiencia de la obra.
Julio Le Parc transformó la tradición de la abstracción geométrica latinoamericana al expandirla hacia una reflexión sobre el cuerpo, la percepción y la experiencia compartida. Cuando llegó a París en 1958 encontró una escena especialmente receptiva a las investigaciones ópticas y cinéticas, pero llevó consigo una preocupación que había comenzado a tomar forma durante sus años de formación en Argentina: ampliar el acceso al arte y revisar las jerarquías que organizaban la relación entre la obra y el público. Esa doble pertenencia le permitió intervenir en los debates internacionales de la abstracción desde una perspectiva donde la experimentación formal avanzó de la mano de un interés constante por la transformación social.
En 1960 esa búsqueda tomó forma colectiva con la creación del Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV). Junto a François Morellet, Horacio García Rossi, Francisco Sobrino, Joël Stein, Yvaral y otros artistas, Le Parc desarrolló ambientes y dispositivos que desplazaban la atención hacia lo que ocurría entre las personas, el espacio y la percepción. Las obras proponían recorridos abiertos donde el movimiento del visitante completaba la experiencia.
Esa manera de entender el arte organiza buena parte de la retrospectiva. Piezas como Ensemble of Eleven Surprise Movements invitan al público a accionar mecanismos que desencadenan movimientos, reflejos y transformaciones inesperadas. Cada gesto modifica la obra y transforma también la experiencia de quienes la observan. Mirar se convierte en una actividad compartida. En el documental realizado por Tate, Le Parc resume esa posición con una frase tan sencilla como precisa: «Hay que tocar la obra». La participación se convierte así en una forma de conocimiento.
El documental ofrece una de las imágenes más reveladoras de la exposición. A sus 97 años, Le Parc recibe al equipo de Tate en el estudio donde ha trabajado durante décadas, en Cachan, a las afueras de París. Camina entre maquetas, estructuras móviles, espejos, herramientas y dibujos con la curiosidad intacta. En ese recorrido recuerda también una infancia en Mendoza marcada por los juegos, la observación del entorno y el deseo constante de descubrir cómo funcionan las cosas. El taller aparece como un lugar donde las ideas continúan probándose y donde las obras permanecen abiertas a nuevas variaciones.
Sus hijos acompañan esa visita y reconstruyen una vida dedicada a experimentar, intercambiar ideas y trabajar colectivamente. Sus recuerdos permiten comprender la continuidad de una obra que siguió ensayando nuevas posibilidades a partir de unos pocos elementos: una fuente de luz, una superficie reflectante, un módulo geométrico o el simple desplazamiento de un cuerpo. Aquella curiosidad inicial permanece reconocible en toda su producción. Cada obra prolonga el impulso de explorar y entender el arte como un ejercicio permanente de descubrimiento.
La luz atraviesa toda esa trayectoria. Desde finales de los años cincuenta, Le Parc organiza superficies espejadas, elementos suspendidos y focos luminosos capaces de producir reflejos, vibraciones y movimientos en constante transformación. En Blue Sphere, cientos de pequeños módulos acrílicos capturan la luz ambiente y modifican la escultura con cada paso del visitante. Cada recorrido produce una imagen distinta.
Algo similar ocurre con el color. A partir de secuencias matemáticas cuidadosamente construidas, Le Parc organiza progresiones cromáticas que generan variaciones perceptivas de gran sutileza. Cada desplazamiento hace visibles nuevas relaciones entre la luz, el espacio y el movimiento.
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