Vista aérea del edificio Naala Badu de la Art Gallery of New South Wales, 2023. Ph: © Iwan Baan.
El proyecto curatorial pone en el centro la memoria y la transmisión, articulándose en una pluralidad de contextos que enriquecen el relato pero hacen menos inmediata su recomposición
Históricamente, la Biennale of Sydney se ha presentado como un organismo disperso, casi obstinado en sustraerse a la linealidad de la visita, prefiriendo más bien un descubrimiento de carácter intermitente. Una exposición distribuida que se niega a mostrarse de una sola vez, sino que pide ser descubierta, recorrida, a veces perseguida — en los márgenes de la ciudad, en sus intersticios menos transitados por flujos codificados, ya sean los de los residentes o los de los visitantes de paso.
Es inevitable, en este sentido, volver a pensar en la memorable decimosexta edición, año 2008, confiada a Carolyn Christov-Bakargiev y significativamente titulada Revolutions – Forms that Turn. Más que una exposición, se trataba de un dispositivo móvil, construido en torno a una constelación de temas como el cambio, la desobediencia, el desplazamiento continuo de las perspectivas, traducidos en una geografía fragmentada, no lineal y no jerárquica. Digno de mención fue la intervención en Cockatoo Island: encajada en el lecho del Parramatta River, la isla fue activada por las instalaciones de William Kentridge y Mike Parr, y restituida a una dimensión experiencial más que de simple contemplación.
En otros espacios, la reconocibilidad icónica de la Sydney Opera House se suspendía momentáneamente para dejar lugar a la intervención de Pierre Huyghe, que la transformó en un bosque efímero durante solo veinticuatro horas. Un gesto tan espectacular como elusivo, que trabajaba sobre la temporalidad más que sobre la permanencia y que ponía en crisis la propia idea de landmark como punto fijo.
A esto se sumaba un nivel adicional, entonces todavía en fase embrionaria a pesar de su carácter visionario: el digital. La plataforma online de la Bienal no funcionaba como un simple apéndice documental, sino como un espacio expositivo en sí mismo —una extensión inmaterial en la que obras interactivas, streaming y video contribuían a redefinir aún más los límites de la experiencia.
Si es cierto que ediciones como esta han tenido el mérito de reformular la exposición como práctica de exploración, también es cierto que esta apertura implica una exigencia implícita: tiempo, disposición al desplazamiento y una cierta inclinación a perder la orientación, dejarse llevar hacia destinos desconocidos y, en última instancia, extraviarse. Una condición que, más que un límite, se convierte en parte integral del proyecto, inscrita en su propio ritmo. ¿Ha sido esta la huella seguida por la directora artística Hoor Al Qasimi para la 25ª edición de la Bienal, titulada Rememory?
Abierta al público del 14 de marzo al 14 de junio de 2026, la muestra se desarrolla en cinco sedes distintas: la antigua central industrial White Bay Power Station (antiguo nodo energético de la red tranviaria), el Chau Chak Wing Museum, la Art Gallery of New South Wales y, finalmente, la Penrith Regional Gallery y el Campbelltown Arts Centre, ambos a unos 50 km de la ciudad. Alcanzarlas, como suele ocurrir en Australia, implica el uso de automóvil y el cruce de paisajes verdes y abiertos, destinados en gran medida al pastoreo y salpicados de granjas y pequeños núcleos residenciales.
No cabe duda de que esta expansión más allá de los límites urbanos representa una fortaleza, al permitir que una exposición internacional llegue a contextos menos habituales. Sin embargo, surge una duda: ¿se trata de una visión curatorial consciente, ligada a una descentralización responsable? ¿O es más bien el reflejo de recursos y ambiciones recalibradas? El riesgo de una experiencia parcial es concreto: para parte del público, al menos dos sedes pueden resultar inaccesibles.
Inspirada en los escritos de Toni Morrison sobre la persistencia de la memoria y la ausencia histórica, la exposición busca arrojar luz sobre historias olvidadas, en línea con el pensamiento de Okwui Enwezor. La Bienal de Al Qasimi se presenta así sin grandes instalaciones monumentales, privilegiando obras ligadas al archivo, la tradición oral y el conocimiento como práctica colectiva. Trauma, cancelación y resistencia atraviesan toda la muestra.
Colonizada por numerosas obras de video, la White Bay Power Station se dedica a reflexionar sobre el trabajo —como fuerza generativa y de opresión—, los cuerpos y la resistencia. En este espacio, obras de Chen Chieh-jen, Natalie Davey, Frank Sweeney, Bouchra Khalili, Marianne Keating, Bertille Bak, Carmen Glynn-Braun y Emily Jacir abordan resiliencia, creatividad y compromiso político.
A estas se suman los dibujos de 1000 socialist villages de Massinissa Selmani, que introducen una línea de investigación distinta pero complementaria, vinculada a la construcción —y al fracaso— de utopías políticas, restituidas a través de un lenguaje visual esencial, suspendido entre la ironía y el desencanto. Es precisamente en esta atención a los micro-relatos y a las trayectorias marginales donde la sede encuentra una coherencia interna, ofreciendo una lectura más accesible de los temas de la Bienal como memoria, borramiento y resistencia, pero al mismo tiempo contribuyendo a esa fragmentación general que dificulta percibir un proyecto curatorial unitario.
Una tensión similar atraviesa también el Campbelltown Arts Centre, donde, sin embargo, la reflexión se amplía hasta incluir las dinámicas colectivas que moldean las comunidades contemporáneas. Aquí, los temas de la migración, la identidad y la construcción de espacios compartidos se entrelazan con una reflexión más oscura y estratificada sobre el encarcelamiento, entendido no solo como una condición arquitectónica, sino también como un dispositivo social y psicológico. En este contexto, la instalación de video inmersiva de cuatro canales Code Black/Riot de Hoda Afshar, Behrouz Boochani y Vernon Ah Kee se impone como el núcleo de todo el recorrido: a través del relato de la detención juvenil e indígena, la obra muestra con fuerza los efectos de la guetización y la segregación sistémica, haciendo tangible la continuidad entre el pasado colonial y el presente institucional.
Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com
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