Broche con forma de mariposa de finales del siglo XIX, realizado en esmalte, rubíes, zafiros y diamantes, procedente de la colección de Claudia Cardinale. CHRISTIE’S IMAGES LTD. 2026
En el mercado de las joyas, la piedra nunca es solo piedra, y el metal nunca es únicamente oro. A menudo, su valor está determinado por una variable inmaterial pero potentísima: el nombre de quien las ha llevado. Es el principio de la provenance celebrity, que transforma un objeto en un icono, y un icono en un multiplicador de precio. Y cuando en el historial aparecen grandes divas del cine, las joyas se convierten en auténticos fragmentos del mito de Hollywood puestos a la venta, a la espera del veredicto de las salas de subastas. Y también de hacer —y recordar— la historia.
El caso más conocido es el de la colección de Elizabeth Taylor, vendida por Christie’s en 2011 por más de 115 millones de dólares en una sola sesión dedicada a las joyas, con un total superior a los 137 millones de dólares. Entre las piezas emblemáticas que pertenecieron a la actriz de ¿Quién teme a Virginia Woolf? estaba también la magnífica perla La Peregrina, que por sí sola alcanzó los 11,8 millones de dólares, pulverizando todas las estimaciones. Para hacerse una idea: el rey Felipe II de España fue su primer propietario; posteriormente, la joya pasó a la reina Margarita de Austria, quien la llevó en el famoso retrato de Velázquez. Una pieza legendaria, y no solo en sentido figurado. Lo mismo ocurrió con el Taj Mahal, un precioso collar con colgante indio de diamantes y jade, cadena de rubíes y oro, realizado por Cartier: esa misma noche, en Christie’s, encontró un nuevo propietario por el precio récord de 8,8 millones de dólares.
Otra icono del cine, otro caso de joyas extraordinarias, esta vez en clave pop: este año, en junio, la casa estadounidense Heritage Auctions rindió homenaje a Marilyn Monroe con una subasta que superó los 2,5 millones de dólares con motivo del centenario de su nacimiento. Se trataba de una colección de vestidos y joyas utilizados por la actriz, todos procedentes de la colección de Norman y Hedda Rosten. Entre ellos, unos pendientes de triple aro que Monroe llevaba el 10 de septiembre de 1954, cuando llegó al aeropuerto de Idlewild, en Nueva York, para comenzar el rodaje de La tentación vive arriba. Inmortalizados en un noticiario mientras Monroe lucía su característica sonrisa y lanzaba un beso a los fotógrafos, los pendientes establecieron un nuevo récord mundial para una joya de la actriz utilizada durante un rodaje. «Los coleccionistas han reconocido que las oportunidades de adquirir objetos personales directamente relacionados con la vida cotidiana y las relaciones más íntimas de Monroe son cada vez más escasas», declaró Joe Maddalena, vicepresidente ejecutivo de Heritage. Las joyas de las divas y las subastas: una combinación que gusta y que funciona. ¿El precio final? 387.500 dólares.
En 2013 fue Sotheby’s Ginebra la que anunció la subasta de veintidós joyas procedentes de la colección de Gina Lollobrigida, piezas de Bulgari de los años 50 y 60 que la actriz llevó durante algunos de los momentos más emblemáticos de su carrera. Entre ellas destacaban unos pendientes colgantes con perlas naturales y diamantes que, según se cree, habían pertenecido a la Casa de Habsburgo y que fueron vendidos por casi 2,4 millones de dólares. Resultado final: 4,9 millones de dólares.
Para completar el panorama está el caso más reciente, relacionado con las joyas de Claudia Cardinale: en Christie’s, a finales de junio, la colección volvió a demostrar cómo el valor puede depender tanto de la calidad de la pieza como de su biografía. Mención especial merece el conjunto firmado por Bulgari, maison con la que Cardinale mantuvo una relación continuada y que contribuye a definir una determinada idea de elegancia vinculada a la época de la Dolce Vita y a la construcción del imaginario de la Roma cinematográfica de posguerra. Entre los lotes principales se encontraba un reloj Serpenti de los años sesenta, realizado en esmalte y zafiros y con mecanismo Vacheron Constantin Genève, estimado entre 150.000 y 250.000 euros.
El mecanismo es siempre el mismo: la joya no se limita a ser llevada por una celebridad, sino que queda «firmada» por la vida de esa celebridad.
Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com
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