Durante la mañana, varios pabellones en los Giardini cerraron temporalmente sus puertas al público o suspendieron los accesos: entre ellos, España, Holanda, Egipto, Francia, Corea, Austria y Bélgica. Japón y Gran Bretaña, en cambio, reabrieron: sus respectivos gobiernos reemplazaron a los trabajadores en huelga.
Desde los primeros días, el ambiente se percibía diferente respecto a la ritualidad habitual de los previews venecianos. Los senderos están atravesados por volantes, consignas, conversaciones acaloradas entre artistas, curadores y trabajadores culturales. Frente a algunos ingresos aparecen carteles que informan de aperturas postergadas o reducción de personal. En los bares y espacios de servicio se perciben los efectos de una protesta que atañe tanto a la situación geopolítica internacional como a las condiciones materiales del trabajo cultural.
En el centro de las protestas y la huelga sigue estando la presencia del Pabellón Israel en la Bienal de Arte. Para las 16:30 está prevista la marcha promovida por ANGA, con salida desde Via Garibaldi, anticipada en los últimos días por grupos de activistas. «Free Palestine» aparece en adhesivos, banderas y carteles improvisados, mientras el tema del conflicto en Medio Oriente termina por redefinir el clima de la muestra.
En el comunicado difundido días atrás, Art Not Genocide Alliance acusó a la Bienal de respaldar al gobierno israelí al continuar otorgándole un espacio oficial a Israel en plena guerra en Gaza. El colectivo cuestiona además lo que define como una gestión «de doble estándar» en las participaciones nacionales: posturas duras contra Rusia y, en cambio, respaldo institucional a la presencia israelí. En la mira de los activistas también está el ministro de Cultura Alessandro Giuli, quien días atrás había expresado solidaridad con la artista Belu Simion Făinaru, representante de Israel en la Bienal.
La protesta se entrelaza, sin embargo, con una cuestión más amplia: la precariedad y la fragmentación del trabajo en el sistema cultural veneciano. La huelga de hoy involucra también a personal de vigilancia, trabajadores de servicios, empleados contratados a través de terceros y parte del staff operativo de la muestra. Una movilización que desmiente de hecho el comunicado difundido anoche por la Fondazione Biennale, según el cual las iniciativas de protesta «no involucrarían al personal ni a la organización de la institución».
USB Veneto respondió con dureza, reafirmando que la huelga alcanza también al personal de la Fondazione e instando a los trabajadores a denunciar cualquier presión o represalia. Mientras tanto, a lo largo de los recorridos de la Bienal Arte, el malestar organizativo provocado por la huelga se vuelve visible: filas lentas en los ingresos, servicios reducidos, espacios temporalmente cerrados. El cierre de la librería es una de las señales más elocuentes de la jornada, en un lugar simbólicamente central para el funcionamiento comercial y turístico de la muestra.
Queda la sensación de que, una vez más, la Bienal veneciana reveló tensiones mucho más grandes que las del sistema del arte. Las obras, las inauguraciones y las estrategias curatoriales conviven con reivindicaciones sindicales, conflictos geopolíticos y tomas de posición públicas, en una muestra internacional atravesada por fricciones cada vez más difíciles de contener dentro del perímetro exclusivamente cultural.
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