En el contexto de la 61ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia, el pabellón de Brasil propone una de las experiencias más intensas y orgánicas de esta edición. Bajo el título «Comigo ninguém pode», la muestra reúne a Rosana Paulino y Adriana Varejão en un diálogo que atraviesa espiritualidad, colonialismo, naturaleza y memoria desde una dimensión profundamente sensorial.
Desde el ingreso, el pabellón construye una atmósfera donde la historia parece emerger desde la propia materia. No hay aquí una narrativa lineal ni una voluntad ilustrativa; el recorrido se despliega como un territorio de resonancias donde superficies, grietas, tejidos, pigmentos y fragmentos cerámicos activan una percepción atravesada por lo corporal y lo ritual.
La presencia de Adriana Varejão atraviesa la exposición desde una poética de la fisura. Sus superficies abiertas, atravesadas por cortes y expansiones orgánicas, revelan una arquitectura herida donde la historia colonial brasileña emerge desde la propia materialidad de la obra. En sus instalaciones y pinturas, el azulejo portugués, la cerámica y las referencias barrocas se transforman en cuerpos vulnerables, tensados entre sofisticación estética y violencia histórica. La monumental intervención sobre el techo del pabellón amplifica esa sensación de inmersión, haciendo que el visitante quede literalmente envuelto por un paisaje en transformación constante.
Rosana Paulino introduce, en contrapunto, una dimensión ancestral y espiritual donde las figuras femeninas, los tejidos y las referencias afroatlánticas reconstruyen narrativas históricamente silenciadas. Sus obras articulan memoria, naturaleza y cuerpo como territorios inseparables, activando una reflexión sobre los procesos de reparación y resistencia cultural. La presencia vegetal, particularmente la planta que da nombre a la exposición, aparece como símbolo de protección, pero también como metáfora de fuerza, toxicidad y supervivencia.
Uno de los aspectos más potentes del pabellón es la manera en que ambas artistas desarticulan la idea de naturaleza como simple paisaje. La vegetación aparece aquí como memoria viva, como cuerpo político y como fuerza espiritual capaz de atravesar las estructuras racionales heredadas de la modernidad colonial. En ese cruce, la muestra activa preguntas sobre quiénes fueron históricamente excluidos de los relatos oficiales y de qué manera el arte puede reabrir esas heridas desde nuevas formas de sensibilidad. «Comigo ninguém pode» funciona como una experiencia inmersiva donde lo visible convive constantemente con lo invisible, un espacio donde las memorias coloniales, los imaginarios afroatlánticos y las transformaciones de la materia continúan vibrando en el presente.
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